LA ÚNICA ESPERANZA


3. El día de la esperanza

Un caballero elegante, de traje oscuro, salió del aeropuerto John F. Kennedy, en Nueva York, con apenas el equipaje de mano. Abandonó el lugar, apresurado, dejando abandonada su valija de viaje. En la puerta, tomó un taxi en dirección a Queens. Bajó en aquel barrio, de mayoría latina, y tomó otro taxi que lo llevaría a su verdadero destino: Newark, Estado de Nueva Jersey.

Pedro, joven empresario del ramo de la informática, estaba agitado. Sintió que el corazón se le salía por la boca. Su empresa estaba quebrada, pero nada justifica lo que estaba haciendo últimamente. Ese era el tercer viaje en el que transportaba narcóticos. Las dos primeras veces, salió todo bien. Esta vez, repentinamente, el pánico se apoderó de él: presintió que sería descubierto; le sacó la etiqueta de identificación y abandonó la valija.

Dos horas después, del otro lado del puente, en Newark, se dirigió a la casa de Jair, que ignoraba las actividades ilícitas de este amigo de la infancia. Crecieron juntos, jugaron al fútbol, pescaron juntos y juntos salieron muchas veces para conquistar chicas, hasta que la vida los llevó por caminos diferentes.

Años después, ellos se reencontraron accidentalmente en la puerta del Hotel Pensilvania, delante del Madison Square Garden, en Nueva York. Jair había cambiado bastante. Parecía más serio. Casado con Laura, era padre de dos hermosos hijos. Se había transformado en un cristiano fervoroso. Pedro continuaba soltero, se aproximaba a los cuarenta años y vivía la “vida loca”, como a él mismo le gustaba definir.

En aquel día del mes de julio, en Newark, al abrir la puerta, Jair percibió que algo extraño había sucedido con el amigo de su niñez y, después de abrazarlo, le preguntó:

–¿Qué pasó? Estás blanco como la cera.

–No pasó nada. Creo que es solamente el cansancio del viaje.

–No es cansancio… Creo que estás enfermo… pero quédate tranquilo, te quedarás en el mismo dormitorio en el que estuviste la otra vez.

Pedro entró. Se sintió sucio y desleal con el amigo que bondado­samente le abría las puertas de su casa. ¿Qué podía hacer? ¿Salir corriendo y nunca más regresar? ¿Abrirle el corazón y confesar que estaba poniendo en riesgo la seguridad de la familia que lo hospedaba? Jair no merecía lo que él estaba haciendo. Ese sentimiento lo perturbó profundamente.

Minutos después, debajo de la ducha, sintiendo el agua correr por el cuerpo, él lloró. ¡Cómo deseaba que aquella agua fresca limpiara también su alma de las incoherencias de su existencia! Nadie podía llamar “vida” a la sucesión interminable de noches y días huecos en que se habían transformado sus jornadas. El pavor y la desesperación tomaban cuenta de él al pensar en la idea de que la policía podía descubrir quién era el dueño de aquella valija abandonada en el aeropuerto.

Por algún motivo, que no consiguió identificar en aquel instante, se acordó de Marta, la joven que había abandonado cuando supo que estaba embarazada. Él tenía un hijo al que nunca había querido ver. ¿Por dónde andaría Marta? ¿Cómo estaría la persona que él, un padre ausente y débil, jamás conoció por no tener el coraje de hacerse cargo?

La empresa de informática que había abierto hacía cinco años marchaba a todo vapor al inicio, pero poco a poco entró en colapso. Él era el único culpable. Vivía en forma extravagante. Gastaba más de lo que ganaba. Así, comprometió el capital de la empresa.

Al ver que el barco se hundía, hizo de todo para salvar el patrimonio, pero no lo logró. Creyó que en poco tiempo conseguiría el dinero para salir de esa situación desastrosa, y ponerle fin a su carrera como marginal. Repentinamente, aquel día en el aeropuerto, sintió que ese camino no era el suyo, experimentó miedo, se descubrió débil y huyó como un niño asustado.

Al llegar la noche, sentado a la mesa de la familia para la cena, Pedro se mostró silencioso e introvertido. No era el mismo que en otras ocasiones.

–¿Qué pasó, Pedro, estás enfermo? –le preguntó Laura.

–¿Por qué? Jair me preguntó exactamente lo mismo cuando llegué.

–Estás diferente, tío –afirmó el hijo de la familia.

–No. No es nada –respondió el visitante, emocionado al ver la escena familiar.

Pedro conocía muchas familias, pero ninguna como aquella. Se respiraba felicidad en aquel ambiente. Sin embargo, un torbellino de pensamientos amedrentadores lo incomodaba aquel día. ¿Cómo enfrentar la deuda? La valija abandonada significaba mucho dinero. Él tenía que huir. Algo le decía que estaba siendo vigilado. ¿O aquel sentimiento fue apenas fruto de su imaginación? ¿Y si lo identificaban? ¿Y si los policías golpearan la puerta de la casa de su amigo? ¿Arruinar a aquella hermosa familia? ¿Comprometerla con la justicia? El corazón era un remolino de sentimientos que no lograba contener. Pidió permiso en la mitad de la cena, y se retiró.

En el silencio de su dormitorio, lloró. ¿Qué era lo que estaba pasando con él? Ese no era el Pedro que él mismo conocía. ¿Por qué tantos escrúpulos, tanto temor, tanto remordimiento?

Una hora más tarde, Jair golpeó la puerta.

–¿Puedo hablar contigo?

–Entra.

–¿Qué sucede? ¿Estás con algún problema? ¿Quieres hablar?

–No es nada. Creo que me emocioné al ver tu hermosa familia, feliz… No sé, ustedes son diferentes.

–Somos cristianos. Jesús es huésped permanente en este hogar.

–¿Sabes que siento envidia de ustedes? Quería tanto ser feliz, tener esa paz que siento cada vez que llego aquí, pero mi vida está de cabeza para abajo.

–¿Quieres saber? Nosotros no siempre fuimos así. Tres años atrás, estábamos a punto de divorciarnos. Estuvimos separados uno del otro durante dos o tres meses. Yo creía que mi vida había llegado a su fin. Amo a mi esposa, pero, a pesar de eso, había provocado la separación.

–¿Tú?

–Sí… fui infiel.

–¡No puede ser! Tú eres la persona más correcta que conozco.

–Puedes creer eso, pero no lo soy. Nadie es bueno.

–¿Cómo que nadie es bueno?

–Es lo que la Biblia dice. Mira.

Jair tomó la Biblia que estaba en la mesita de luz y le leyó: “Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Después, mirándolo a los ojos, le dijo a su amigo:

–Todos. ¿Entiendes? Todos, sin excepción. Tú, yo, todos somos pecadores.

–¿No estás exagerando un poco? ¡Existe mucha gente buena en este mundo!

–Desde el punto de vista humano, tal vez. Pero la Biblia dice que: “Así está escrito: ‘No hay un solo justo, ni siquiera uno; no hay nadie que entienda, nadie que busque a Dios. Todos se han descarriado, a una se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!’ ” (Romanos 3:10-12).

–¿Ni uno solo?

–¡Ni uno! Y no sirve de nada lo que el ser humano haga para librarse del pecado. La mancha de la rebeldía y del mal está siempre en él. “Aunque te laves con lejía, y te frotes con mucho jabón, ante mí seguirá presente la mancha de tu iniquidad –afirma el Señor omnipotente” (Jeremías 2:22).

–Entonces, estamos perdidos…

–¡Lo estamos! Eso significa que estamos destituidos de la gloria de Dios. Y, lejos de él, andamos en el territorio de la muerte. Por eso, el apóstol Pablo dice: “Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Romanos 6:23).

–No entiendo, Jair. Si somos todos pecadores y el salario del pecado es la muerte, ¿cómo estamos vivos?

–Depende de lo que entiendas por vida. Desde el punto de vista biológico, la vida es un período en el cual el corazón late y los pulmones funcionan; tú respiras. Pero nosotros somos más que apenas un cuerpo; somos seres humanos con emociones, sueños y proyectos; y, para disfrutar de la verdadera vida, necesitamos más que simplemente andar, comer o dormir.

–Es verdad. Yo también creo que es así –dijo Pedro, reflexivo.

Ambos permanecieron en silencio. Pedro miró la Biblia abierta. Jair sabía que el amigo estaba asimilando la conversación, y continuó:

–Pero, no todo está perdido. Mira lo que está escrito aquí: “–Yo soy el camino, la verdad y la vida –le contestó Jesús–. Nadie llega al Padre sino por mí” (S. Juan 14:6).

–¿Jesús es la vida?

–¡Exactamente! Solamente Jesús puede darle sentido a la existencia. Por eso, él dijo: “El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (S. Juan 10:10).

–Vida abundante ¡es vida con sentido!

–Eso mismo. El mismo apóstol San Juan dice: “Y el testimonio es este: que Dios nos ha dado vida eterna, y esa vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida” (1 S. Juan 5:11, 12).

Pedro continuó pensando y Jair prosiguió:

–Lejos de Jesús, la vida se transforma en una simple supervivencia. Levantarse de mañana, trabajar y dormir no es vida, es apenas sobrevivir.

Las palabras de Jair sacudieron el corazón de Pedro, que preguntó:

–Y ¿cómo se puede obtener ese tipo de vida?

–Te voy a leer lo que Jesús dice: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (S. Juan 3:16).

–Ya escuché eso.

–Mucha gente escucha, Pedro. Pero poca gente piensa en el verdadero significado de esta declaración. Hay algunas ideas clave en este versículo.

–¿Cuáles?

–La primera es que Dios te ama. No por lo que tú haces o dejas de hacer. El amor de Dios no es por merecimiento. Dios te ama porque él es amor (1 S. Juan 4:8). Esa es su naturaleza. No importa quién eres tú, ni lo que tú haces. Sin importar si tú crees o no, tú eres el ser más precioso para Dios en este mundo.

Pedro no podía dominar su emoción. Los ojos le brillaban exagera­damente. Si Jair hubiera sabido lo que él había hecho, con plena seguridad jamás le diría lo que le estaba diciendo.

–¿Quiere decir que no necesito preocuparme por mi conducta?

–Sí, lo necesitas.

–Pero tú acabas de decir…

–El amor de Dios es incondicional y para todos, pero solo tiene valor para los que lo aceptan. Por eso, el versículo que te acabo de leer dice… ¿recuerdas?: “para que todo el que cree no se pierda”.

–¿Cómo hago para creer?

–Primero, acepta el hecho dramático de que tú estás en el territorio de la muerte, lejos de Dios, perdido, y que no tienes forma de salir de esa situación. Jeremías, uno de los profetas de la Biblia, pregunta: ¿Puede el etíope cambiar de piel, o el leopardo quitarse sus manchas? ¡Pues tampoco ustedes pueden hacer el bien, acostumbrados como están a hacer el mal!” (Jeremías 13:23).

–Ese soy yo.

–Esos somos todos nosotros, Pedro. Mira: “Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo? Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino los pensamientos, para darle a cada uno según sus acciones y según el fruto de sus obras” (Jeremías 17:9, 10).

–Dios sabe todo –reflexionó Pedro.

–Exactamente. Al ser humano pecaminoso le gusta fingir, aparentar y “mostrar” que es buenito. Pero en el fondo sabe que su corazón es falso. Eso está en la naturaleza desde que Adán y Eva pecaron. A partir de aquel trágico día, todos nacemos con la naturaleza pecaminosa y ­somos incapaces de hacer el bien. Eso es lo que dice David: “Yo sé que soy malo de nacimiento; pecador me concibió mi madre” (Salmo 51:5). El apóstol Pablo completa la misma idea cuando dice: “Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron” (Romanos 5:12).

–¿Estamos todos condenados?

–Sí y no.

–No entiendo.

–Estaríamos todos condenados, por naturaleza. Sin embargo, si después de aceptar el hecho de que tú eres incapaz de remediar tu situación vas a Jesús de la manera en que estás, escucharás su voz diciendo: “Vengan, pongamos las cosas en claro –dice el Señor–. ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana!” (Isaías 1:18).

–¿Ir a Jesús llevando mis pecados?

–Es la única manera de ir a él. Mucha gente espera cambiar de vida para ir a Jesús. Espera corregir su comportamiento y dejar de hacer tal o cual cosa. Ellos jamás irán a Jesús. Solos, jamás lograrán cambiar su propia naturaleza.

–Es sorprendente.

–Es Jesús quien transforma al ser humano. Mira esta promesa: “Los rociaré con agua pura, y quedarán purificados. Los limpiaré de todas sus impurezas e idolatrías. Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes” (Ezequiel 36:25-27).

–¿Así de simple?

–Y tú no pagas nada por eso. “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte” (Efesios 2:8, 9).

–Pero, un buen cristiano ¿no es aquel que hace todo bien? ¿No necesita tener “buenas obras”?

–Un árbol de manzanas no es un manzano porque produce manzanas… es todo lo contrario. Él produce manzanas porque es un manzano.

–Y eso ¿qué significa?

–Jesús lo dice así. Lee aquí: “Del mismo modo, todo árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo da fruto malo. Un árbol bueno no puede dar fruto malo, y un árbol malo no puede dar fruto bueno” (S. Mateo 7:17, 18).

–¿Frutos?

–Sí. Para producir buenos frutos, el árbol necesita ser un árbol bueno. Los frutos son el resultado. Lo mismo sucede con el cristiano. Antes de preocuparse en producir buenas obras, es necesario ser un buen cristiano.

–Y un buen cristiano es aquel que va a Jesús de la manera en que está, ¿verdad?

–¡Eso mismo! Y permanece en él. ¡Entendiste!

Las horas corrían. Los amigos conversaron mucho tiempo. Jair tomó la iniciativa e hizo la pregunta:

–¿Podemos seguir mañana? Creo que es tarde, y tú necesitas descansar después de tu largo viaje.

–¿Sabes? El cansancio desapareció de tan interesante que estaba la conversación. Jamás había pensado en las cosas de las que me hablaste.

–Solamente una pregunta más.

–Claro.

–¿Aceptas a Jesús como tu Salvador? ¿Deseas ir a él tal como estás?

–Yo… quieres decir… yo…

Jair entendió que aquel no era el momento oportuno. Y completó:

–Descansa. Mañana será otro día. ¿Puedo hacer una oración por ti?

–Por favor.

Jair oró:

–Muchas gracias, Padre querido, porque un día el evangelio llegó a mi vida trayendo salvación, perdón y paz. Jamás podré agradecerte lo suficiente, porque nos salvaste a mi familia y a mí. Pero ahora, en este momento, te suplico por Pedro. Él necesita de ti, Señor. Entra en su corazón y pon orden en su vida. Arroja afuera su tristeza, su angustia, y dale un sentido a su existencia.

Al final de la oración, Pedro no pudo controlar las lágrimas. Jair lo abrazó y se retiró discretamente. Antes de salir, abrió la Biblia, buscó un versículo y le sugirió:

–Lee esto antes de dormir.

Solo, Pedro leyó: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma” (S. Mateo 11:28, 29).

Gruesas lágrimas rodaron por su rostro, marcado prematuramente por la vida. Movió la cabeza con fuerza, no sabiendo qué pensar. El corazón clamaba por paz. Hasta ese momento había vivido una carrera alucinante en busca de algo que él mismo no lograba definir. Ahora escuchaba la voz mansa de Jesús diciendo: “Ven a mí”.

¡Qué día! ¡Cuántas emociones diferentes vividas en un corto período! Pánico, desesperación, miedo, angustia, nostalgia. Y, al final del día, esperanza. Una fiesta de luz en su mundo de sombras, y la perspectiva de un mañana glorioso.

Aquella noche casi no durmió. Dio vueltas en la cama como en tantas otras noches. Pero aquella vez era diferente. Se acordaba de cada palabra de Jair. Se levantó, entonces, encendió la luz y abrió la Biblia algunas veces. Mal sabía que el corazón era un campo de batalla. Era consciente, sin embargo, de que necesitaba tomar una decisión urgente. No podía posponerla más. Su vida no podía continuar de la manera en que estaba. Sin embargo, solamente podía pronunciar cuatro palabras:

–Perdón, mi Dios. ¡Perdón!

La luz del amanecer entró con fuerza por la ventana y lo despertó. Era un nuevo día. Sería, también, una nueva jornada. El corazón cantó. Abrió la ventana del dormitorio, que daba al jardín, y respiró hondo. Sabía que estaba iniciando una caminata para toda la vida. Por algún motivo, sintió que debía buscar al hijo que no conocía. Entendió que no se puede construir un edificio nuevo sin establecer fundamentos sólidos. Las mentiras son hojas sueltas que el viento arrastra sin destino. No existe cura sobre una herida infectada. Es necesario limpiar la herida, aunque signifique dolor.

¿Tendría fuerzas para llegar al final de la jornada? Ese no era el problema, pues “Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús” (Filipenses 1:6).

¡Ahora el corazón estaba lleno de vida!

Él estaba decidido a buscar la única esperanza real que existe.

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    Después de que surgió el pecado, Dios ofreció esperanza de salvación. Génesis 3:8-10, 15, 21

    El pecado envolvió a todos los seres humanos. Romanos 3:10-12, 23

    El ser humano no puede hacer nada para cambiar su naturaleza pecaminosa. Jeremías 2:22

    La salvación es un don gratuito de Dios. Romanos 6:23

    La salvación es recibida por medio de la fe. Efesios 2:8-10

    Las buenas obras revelan la autenticidad de la fe. Santiago 2:17, 24, 26

    La Palabra de Dios implantada en nosotros es poderosa para salvarnos. Santiago 1:21

    Jesús es nuestra única esperanza de salvación. 1 S. Juan 5:11, 12

    Quien cree en Jesús tiene vida eterna. S. Juan 3:16

    La alegría de la salvación debe ser compartida con otras personas. S. Juan 4:29, 39-42