LA ÚNICA ESPERANZA


8. Esperanza de prosperidad

El señor Machado había alquilado aquella casa misteriosa porque creía que en ella tendría el sosiego necesario para escribir. Era periodista jubilado y había decidido colocar su biografía en el papel antes de que la muerte lo sorprendiera. La casa estaba abandonada desde hacía mucho tiempo. El pueblo comentaba que era una casa embrujada, pero él no creía en espíritus. Además de todo esto, el paisaje que se veía a través de la ventana de su escritorio era inspirador.

En los primeros días en su nueva residencia, escuchó algunos ruidos extraños, especialmente en las horas de la noche. Creyó que eran cosas de su imaginación, un pensamiento motivado por los comentarios folclóricos que había escuchado, y no se preocupó.

Durante la segunda semana, mientras bebía una limonada, sentado en un sofá antiguo, percibió, en la pared, una fotografía grande, un poco deteriorada por el tiempo. Lo que definitivamente llamó su atención fue el rostro de una de las personas, que se parecía mucho al rostro de su esposa, que había fallecido hacía ya seis años. Machado se acercó a la fotografía y quedó conmovido por la semejanza. Sin embargo, su conmoción se transformó en espanto cuando el rostro de la mujer de la foto sonrió y le hizo una guiñada. El periodista dio un salto hacia atrás con la intención de salir corriendo de aquel lugar, pero recuperó la calma y, movido por la enorme curiosidad que le había despertado, se aproximó otra vez al cuadro.

Debían ser las seis y poco de la tarde. Las luces de la casa ­todavía ­estaban apagadas, dándole un aspecto todavía más atemorizador a la sala. El corazón de Machado latía aceleradamente. La sonrisa de la mujer de la foto ¿había sido real o, simplemente, producto de su imaginación?

Durante los días siguientes, todavía perturbado por el incidente, no lograba concentrarse en el trabajo. Abrió la computadora y comenzó a revisar fotografías familiares. Se detuvo frente a una foto en la que él y Elisa, su fallecida esposa, sonreían satisfechos con la vida. En aquel instante, escuchó la voz de la amada y entró en pánico.

–No te asustes, querido. Vine aquí para que trabajemos juntos en tu biografía.

Machado no sabía qué pensar. Él cuenta que, al comienzo, intentó no escuchar aquella voz, pero poco a poco fue venciendo el miedo. Hoy, asegura que durante seis meses disfrutó de la compañía de Elisa, ayudándolo a terminar el trabajo autobiográfico.

–No hay quien me pueda convencer de que los muertos no continúan vivos –afirma, convencido por su experiencia.

El tema de la vida después de la muerte siempre estuvo muy presente. Sin embargo, nunca estuvo tan en evidencia como en nuestros días. En cierta ocasión, mientras yo conversaba acerca de la Biblia con un grupo de estudiantes universitarios, el asunto surgió.

–¿Qué es lo que la Biblia enseña al respecto? –preguntó uno de ellos, después de haber relatado una experiencia parecida a la del señor Machado.

Abrí la Biblia y leí el siguiente texto: “Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada ni esperan nada, pues su memoria cae en el olvido. Sus amores, odios y pasiones llegan a su fin, y nunca más vuelven a tener parte en nada de lo que se hace en esta vida. […] Y todo lo que te venga a la mano, hazlo con todo empeño; porque en el sepulcro, adonde te diriges, no hay trabajo ni planes ni conocimiento ni sabiduría” (Eclesiastés 9:5, 6, 10). Según esa declaración bíblica, los muertos no saben de nada, porque el día que fallecen desaparece con ellos todo sentimiento, pensamiento y acción.

–Pero ¿cómo puede ser así? –indagó una joven de ojos pardos, muy interesada en el asunto–. Yo siempre escuché decir que, cuando la persona muere, el espíritu de ella continúa viviendo.

–Para entender esto, es necesario saber lo que sucedió en el momento de la creación de la humanidad. La Biblia enseña que “Dios el Señor formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente” (Génesis 2:7). De acuerdo con el relato bíblico, Dios formó al hombre del polvo de la tierra. Entonces, Adán tenía cerebro, pero no pensaba; tenía corazón, pero no respiraba. Sin embargo, cuando Dios sopló en su nariz el hálito de vida, pasó a ser un alma viva, que, en el sentido bíblico, es un ser humano vivo.

–¿Quiere decir que el ser humano es fruto de la unión del polvo de la tierra con el hálito de vida divino? –volvió a preguntar la muchacha de ojos pardos.

–Exactamente –respondí–. Y, cuando el hombre muere, sucede lo contrario en relación con lo que pasó en la creación: es decir, el ­hálito de vida, que muchos llaman espíritu, vuelve a Dios; y el ­polvo, a la tierra. Salomón aconseja recordar al Creador antes de que la muerte llegue, y vuelva “entonces el polvo a la tierra, como antes fue, y el espí­ritu volve­rá a Dios, que es quien lo dio” (Eclesiastés 12:7). No existe espíritu consciente separado del cuerpo. Podemos comparar la vida humana con una lámpara conectada a la energía eléctrica. La luz es el resultado de la unión de la energía y de la lámpara, que, juntas, producen la luz. Separadas, la luz acaba.

Lo que había dicho parecía una bomba para algunos jóvenes. La mayoría de ellos creía que el espíritu desencarnado del ser humano continúa viviendo de alguna forma.

–Vamos a olvidarnos un poco de la Biblia –propuso uno de ellos–. Usted ¿puede afirmar con datos científicos que, al morir el ser humano, el espíritu deja de existir?

–No, no puedo. Pero, quien enseña que hay vida después de la muerte tampoco tiene evidencia científica. Lo que estoy diciendo tiene su base en la Biblia, considerada por millones de seres humanos como la Palabra de Dios.

–Entonces, ¿de dónde surgió la idea de que el espíritu no muere? –preguntó una joven alta, que parecía estar tomando nota de lo que estábamos hablando.

–La Biblia responde tu pregunta. Mira lo que está escrito aquí, en el libro del Génesis: “La serpiente era más astuta que todos los animales del campo que Dios el Señor había hecho, así que le preguntó a la mujer:

“–¿Es verdad que Dios les dijo que no comieran de ningún árbol del jardín?

“–Podemos comer del fruto de todos los árboles –respondió la ­mujer–. Pero, en cuanto al fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha dicho: ‘No coman de ese árbol, ni lo toquen; de lo contrario, morirán’.

“Pero la serpiente le dijo a la mujer: ‘¡No es cierto, no van a morir!’ ” (Génesis 3:1-4).

–¿Quiere decir que la idea de que el espíritu es inmortal nació con el enemigo de Dios?– reafirmó la joven.

–Sí. El apóstol Pablo afirma lo siguiente en relación con la inmortalidad: “la cual Dios a su debido tiempo hará que se cumpla. Al único y bendito Soberano, Rey de reyes y Señor de señores, al único inmortal, que vive en luz inaccesible, a quien nadie ha visto ni puede ver, a él sea el honor y el poder eternamente. Amén” (1 Timoteo 6:15, 16). De acuerdo con lo que les leí, solamente Dios tiene inmortalidad. Ningún ser humano la tiene. Por lo tanto, cuando el hombre muere, no tiene más conciencia de nada. Eso es lo que afirma David respecto de la persona que muere: “Exhalan el espíritu y vuelven al polvo, y ese mismo día se desbaratan sus planes” (Salmo 146:4). ¿Qué sentido tiene la existencia de un espíritu que no piensa, separado del cuerpo?

–Usted dijo que Dios es inmortal. Eso significa que Adán y Eva, en su estado original, ¿también morirían? Si fuera así, ellos no murieron como consecuencia de su desobediencia, sino porque eran mortales por naturaleza –preguntó un muchaho alegre, risueño y de ojos brillantes.

–Tu pregunta es interesante. El ser humano no tiene inmortalidad, solamente Dios la posee. Por lo tanto, si el hombre desea vivir eternamente, necesita estar en comunión con la Fuente de la vida, que es Dios.

–¿Cómo es eso?

–Adán y Eva jamás habrían muerto si no se hubiesen apartado del Señor. La desobediencia no es otra cosa sino el apartarse de Dios. Al hacerlo, el ser humano se separa de la vida y entra en el territorio de la muerte. La muerte no es un castigo divino, sino la consecuencia natural del apartarse de la Vida. La Biblia dice: “Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron” (Romanos 5:12).

–Entonces, ¡estamos todos condenados!

–Lo estaríamos, si no fuese por Jesús. Observen esta declaración del apóstol Pablo: “y ahora […] nuestro Salvador Cristo Jesús [...] destruyó la muerte y sacó a la luz la vida incorruptible mediante el evangelio” (2 Timoteo 1:10). Aquí, Pablo afirma, claramente, que el evangelio trae inmortalidad al ser humano.

–¡No entiendo!

–Es simple. Jesús dijo un día: “–Yo soy el camino, la verdad y la vida […]. Nadie llega al Padre sino por mí” (S. Juan 14:6). Jesús, como ya vimos, es el único que posee inmortalidad. Él es la propia vida. Y San Juan afirma: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida. Les escribo estas cosas a ustedes que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna” (1 S. Juan 5:12, 13). ¿Entienden?

–Sí. La única manera de tener inmortalidad es ir a Jesús y permanecer con él. Quien tiene al Hijo tiene la vida –respondió la joven alta.

–Es así.

–Y ¿qué nos puede decir usted sobre aquellos que mueren en Cristo? El espíritu de ellos ¿sí va al paraíso? –preguntó el joven de ojos vivaces.

–Irán, con certeza; pero solamente cuando Jesús vuelva, no en el ­momento en el que mueren. Al morir, el ser humano permanece en estado de inconsciencia hasta el día de la resurrección, que ocurrirá en el regreso de Cristo.

–Y ¿de dónde saca usted esa idea? –preguntó una muchacha de cabellos largos.

–De la Biblia. San Juan relata que un día Lázaro, un amigo de Jesús, estaba enfermo, y sus hermanas le pidieron a Cristo que lo auxiliara. El Maestro demoró unos días, y Lázaro murió. Aquí está el registro de lo que sucedió:

“Dicho esto, añadió:

“–Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarlo.

“–Señor –respondieron sus discípulos–, si duerme, es que va a recuperarse.

“Jesús les hablaba de la muerte de Lázaro, pero sus discípulos pensaron que se refería al sueño natural. Por eso, les dijo claramente:

“–Lázaro ha muerto” (S. Juan 11:11-14).

Entonces, añadí:

–¿Perciben ustedes que la muerte, para Jesús, es un estado de inconsciencia, equiparado con el sueño?

Cada versículo que leíamos parecía dividir al grupo. Unos demostra­ban creer; otros se mostraban recelosos, casi incrédulos. Entonces, un joven de abrigo negro, que hasta aquel momento había dado la impresión de que se estaba manteniendo indiferente, preguntó:

–Yo conozco algo de la Biblia, y lo que usted está diciendo, aparentemente, no está de acuerdo con la promesa que Jesús le hizo al ladrón en la cruz. Él dijo que, al morir, el ladrón estaría con Jesús en el Paraíso aquel mismo día, y no solo el día de la resurrección. ¿Cómo explica usted eso?

–Vamos a leer el relato bíblico:

“Luego dijo:

“–Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.

“–Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso –le contestó Jesús” (S. Lucas 23:42, 43).

Entonces, agregué:

–Muchos estudiosos de la Biblia creen que la traducción de este versículo está equivocada, y que el texto, en lugar de decir “te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”, debería decir “te aseguro hoy: [un día] estarás conmigo en el paraíso”. La verdad es que yo no estoy muy preocupado por eso.

–¿Por qué no?

–Porque es un simple asunto de lógica. Mira el relato de lo que sucedió cuando Jesús resucitó:

“Pero María se quedó afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro, y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies.

“–¿Por qué lloras, mujer? –le preguntaron los ángeles.

“–Es que se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto –les respondió.

“Apenas dijo esto, volvió la mirada y allí vio a Jesús de pie, aunque no sabía que era él. Jesús le dijo:

“–¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas?

“Ella, pensando que se trataba del que cuidaba el huerto, le dijo:

“–Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha puesto, y yo iré por él.

“–María –le dijo Jesús.

“Ella se volvió y exclamó:

“–¡Raboni! (que en arameo significa: Maestro).

“–Suéltame, porque todavía no he vuelto al Padre. Ve más bien a mis hermanos y diles: ‘Vuelvo a mi Padre, que es Padre de ustedes; a mi Dios, que es Dios de ustedes’ ” (S. Juan 20:11-17).

–Y ¿qué tiene que ver ese incidente con la promesa que Jesús le hizo al ladrón en la cruz?

–Cuando Jesús se encontró con María, ya hacía tres días que él había muerto, y todavía no había subido a su Padre. ¿Dónde había estado Jesús durante esos días, si no había ido al cielo? Evidentemente, no fue a ninguna parte: estuvo durmiendo el sueño inconsciente de los muertos. No existe un paraíso inmediato a la muerte, sino la recompensa final que los justos recibirán en ocasión de la segunda venida de Cristo.

–¡Qué extraño! –comentó el muchacho de ojos pardos.

–Yo entiendo que eso parezca extraño para muchos, pues nuestra cultura está impregnada de otra manera de pensar. La mayoría de las personas hoy cree, de una forma o de otra, que hay vida después de la muerte, pero la Biblia es enfática al enseñar lo contrario. No existe un espíritu consciente, descarnado.

–Interesante… –dijo el joven de pelo largo.

–Una prueba más de lo que afirmo –continué diciéndoles– es la experiencia de David. Vean lo que dice aquí: “Hermanos, permítanme hablarles con franqueza acerca del patriarca David, que murió y fue sepultado, y cuyo sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. […] David no subió al cielo, y sin embargo declaró: ‘Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha’ ” (Hechos 2:29, 34). Creo que nadie puede dudar de que David, arrepentido y perdonado, estará en el Reino de los cielos. Sin embargo, en este texto se dice que su sepultura está todavía en la Tierra. Siglos después de su muerte, ¿todavía no había subido al cielo? La respuesta es obvia.

El ambiente estaba tenso. Los jóvenes se miraban entre ellos. Lo que estaban escuchando, sin dudas, era contrario a todo lo que veían en las películas y en las novelas. Los medios de comunicación tienen un poder didáctico impresionante, pues sus mensajes subliminales son pode­rosos, y mucha gente, sin percibirlo, forma convicciones influenciada por estos medios.

El joven que tenía algún conocimiento de la Biblia parecía incomodado y preguntó:

–Está bien. Y ¿qué podría decirnos sobre la parábola del rico y Lázaro? ¿No es una prueba de que existen el infierno y el Paraíso?

–Claro que la Biblia menciona el infierno y el Paraíso, pero como recompensa o castigo en el día del retorno de Jesús. La parábola que mencionas dice así: “Había un hombre rico que se vestía lujosamente y daba espléndidos banquetes todos los días. A la puerta de su casa se tendía un mendigo llamado Lázaro, que estaba cubierto de llagas y que hubiera querido llenarse el estómago con lo que caía de la mesa del rico. Hasta los perros se acercaban y le lamían las llagas. Resulta que murió el mendigo, y los ángeles se lo llevaron para que estuviera al lado de Abraham. También murió el rico, y lo sepultaron. En el infierno, en medio de sus tormentos, el rico levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Así que alzó la voz y lo llamó: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y manda a Lázaro que moje la punta del dedo en agua y me refresque la lengua, porque estoy sufriendo mucho en este fuego’. Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que durante tu vida te fue muy bien, mientras que a Lázaro le fue muy mal; pero ahora a él le toca recibir consuelo aquí, y a ti, sufrir terriblemente. Además de eso, hay un gran abismo entre nosotros y ustedes, de modo que los que quieren pasar de aquí para allá no pueden, ni tampoco pueden los de allá para acá’ ” (S. Lucas 16:19-26).

Entonces, proseguí:

–Esa parábola, aparentemente, sería una prueba de que, al morir, los buenos van al cielo; y los malos, al infierno. Pero es necesario entender que el texto en cuestión es una parábola, una ilustración. Y recuerden que las ilustraciones no definen conceptos. Si esa parábola fuese un reflejo de la realidad, habría muchas incoherencias, como por ejemplo: ¿De qué tamaño tendría que ser el seno de Abraham, como dicen las versiones más clásicas, para que puedan caber todos los buenos? ¿Cómo es posible imaginar que el cielo está tan cerca del infierno, al punto de que los espíritus descarnados puedan conversar? Y, ¿cómo podrían los malos quemarse si no tienen más cuerpo?

Yo no había terminado mi explicación cuando otro joven que había escuchado en silencio levantó la mano y dijo:

–Conozco mucha gente que participó de reuniones en las que aparecieron espíritus de muertos y hablaron con los vivos. ¿Quiénes eran esos espíritus?

–No dudo de que esas personas hayan conversado con espíritus. Pero, de acuerdo con la Biblia, esos espíritus no eran de personas muertas.

–Entonces, ¿qué espíritus eran?

–Voy a leerles un texto bíblico que tal vez responda esa pregunta: “No es de extrañar, ya que Satanás mismo se disfraza de ángel de luz” (2 Corintios 11:14).

–¿Quiere decir que esos espíritus eran ángeles malos?

–Mira, si el diablo puede disfrazarse como ángel de luz, los otros ángeles que fueron expulsados del cielo con él ¿por qué no podrían hacerlo? Recuerden que el enemigo siempre usó la seducción y el engaño contra el ser humano. El libro de Apocalipsis dice: “Se desató entonces una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron al dragón; éste y sus ángeles, a su vez, les hicieron frente, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. Así fue expulsado el gran dragón, aquella serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y que engaña al mundo entero. Junto con sus ángeles, fue arrojado a la tierra” (Apocalipsis 12:7-9). La primera mentira de Satanás, ¿no fue aquella que le presentó a Eva cuando le dijo: “¡No es cierto, no van a morir!”? (Génesis 3:4).

–Pero ¿por qué motivo él haría eso?

–Simplemente, porque su naturaleza es la mentira. Un día, Jesús dijo que “Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir. Desde el principio este ha sido un asesino, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, expresa su propia naturaleza, porque es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira!” (S. Juan 8:44).

–¡Eso asusta!

–Claro que sí. Por eso, Dios les advierte a los que consultan a los falsos espíritus de muertos: “Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y adivinos, que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?” (Isaías 8:19, RVR).

Habíamos pasado más de dos horas conversando. Ya era tarde y necesitábamos descansar, pero no quise terminar aquella reunión sin recordarles a los jóvenes la gran esperanza de quienes duermen en Jesús. “Hermanos, no queremos que ignoren lo que va a pasar con los que ya han muerto, para que no se entristezcan como esos otros que no tienen esperanza. ¿Acaso no creemos que Jesús murió y resucitó? Así también Dios resucitará con Jesús a los que han muerto en unión con él. Conforme a lo dicho por el Señor, afirmamos que nosotros, los que estemos vivos y hayamos quedado hasta la venida del Señor, de ninguna manera nos adelantaremos a los que hayan muerto. El Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero” (1 Tesalonicenses 4:13-16). Esa es una promesa extraordinaria. Jesús volverá, y en ese día quienes murieron en Cristo despertarán del sueño de la muerte y vivirán con él por toda la eternidad.

El estudio de aquel día fue muy provechoso. Años después, mientras participaba de una reunión, una pareja, acompañada por dos niños, se acercó adonde estaba.

–¿Se acuerda de nosotros? –me preguntó ella.

No me acordaba. Ellos me hicieron volver al pasado.

–Nosotros participamos un día –y mencionaron el lugar y el año– de una reunión con universitarios en la que usted habló del tema del estado de los muertos, ¿se acuerda?

Me acordé. Y la emoción se apoderó de mí. Después de aquel día, ellos continuaron estudiando la Biblia. Ahora estaban casados, y Dios les había dado dos preciosos hijos. Los ojos de ambos reflejaban seguridad.

Aquella linda pareja descubrió la única esperanza.

La esperanza de la resurrección

Tú puedes encontrar esperanza de resurrección y vida eterna. Conoce la solución divina para el problema del pecado y de la muerte.
  1. Dios creó al ser humano para que reflejara su imagen. Génesis 1:27
  2. Mediante el soplo divino, el ser humano se transformó en un alma viviente. Génesis 2:7
  3. La desobediencia a la Palabra de Dios originó la muerte. Génesis 3:19
  4. La muerte es un estado de inconsciencia. Eclesiastés 9:5, 6; Salmo 6:5; 146:4
  5. Jesús comparó la muerte con un sueño. S. Juan 11:11, 14, 21
  6. La inmortalidad es un atributo exclusivo de Dios. 1 Timoteo 6:15, 16
  7. Habrá dos resurrecciones: una para la vida eterna y la otra para la muerte eterna. S. Juan 5:28, 29
  8. Los salvos recibirán la inmortalidad solamente cuando Cristo vuelva. 1 Corintios 15:51-54
  9. Únicamente por medio de Cristo tenemos la certeza de la resurrección y de la vida eterna. S. Juan 11:25
  10. Nuestra esperanza está en las promesas relacionadas con la venida de Cristo. 1 Tesalonicenses 4:13-18