LA ÚNICA ESPERANZA


9. Esperanza de un nuevo comienzo

Gabriela se levantó de la mesa y miró el smartphone que una clienta se había olvidado y que ella había escondido dentro de la cartera. Observó cautelosamente alrededor y salió apresurada por la puerta trasera. La noche calurosa combinaba con el cielo cubierto de nubes. La joven se mostraba nerviosa. Todo el día había trabajado abrumada por los terribles problemas financieros y por el peso de su conciencia. Ella se sentía sofocada. Cuando la clienta se olvidó el teléfono móvil, la primera intención de la secretaria fue devol­verlo, pero, al darse cuenta de que se trataba de un aparato caro, decidió quedarse con él. Su conciencia, sin embargo, no la dejaba en paz.

En la calle, tomó el primer ómnibus que vio y salió sin dirección, hundida en su mundo de problemas y dificultades. Más de una hora después, la voz del conductor la trajo de regreso a la realidad.

–¡Destino! ¡Terminó el viaje!

La joven viuda bajó y caminó por la calle paralela a las vías del tren. Sentía que el mundo se caía en pedazos. Había perdido a su marido tres años atrás. Meses después, perdió la casa, y ahora, atascada en deudas, literalmente, no sabía qué hacer. Su hija, de cinco años, vivía en otra ciudad, con los abuelos, para que ella pudiera trabajar. Se encontraba sola y perdida en una ciudad inmensa.

La lucha en su conciencia no había comenzado por causa del hurto del móvil. En realidad, el conflicto interior con la voz de Dios se había iniciado durante la madrugada cuando, sin poder dormir, encendió el televisor. En la pantalla apareció un hombre hablando de “hacer negocios con Dios”. En la opinión de él, la solución para todos los problemas parecía muy fácil. Solamente había que entregar el dinero a Dios, y él, por su parte, solucionaría todos los problemas. Esa manera de encarar la vida le pareció un tanto mercantilista. Pero, fue el punto de partida de su interés en conocer la voluntad de Dios.

Aquella noche, después de andar por la ciudad, volvió a casa y llamó por teléfono a la vecina que siempre la invitaba para que fuera con ella a la iglesia.

–Hola, Laura. Disculpa el horario. ¿Te desperté?

–No, Gabriela. ¿Qué sucedió? Estás con una voz extraña.

–Deben ser los problemas, amiga. Tú sabes que mi vida está patas para arriba.

–Sé como es, pero recuerda que estoy orando por ti.

–Justamente, Laura. Sin embargo, parece que Dios no escucha, porque conmigo todo continúa igual.

–Paciencia, Gabi. Ya te dije muchas veces que nosotras necesitamos hablar sobre tu relación con Dios. Tú estás lejos de él.

–Lo sé. Por eso te estoy llamando. Me gustaría estudiar la Biblia con seriedad.

Laura casi se cae de la sorpresa. Hasta aquel momento, Gabriela nunca había mostrado interés en las cosas de Dios, a pesar de las dificultades que estaba atravesando.

–¿Estás bien, Gabriela?

–No, no lo estoy. Necesitamos conversar.

A la noche siguiente, allí estaban las dos amigas con la Biblia abierta. La expectativa de Gabriela por tener sus problemas resueltos era grande. Ella deseaba que Dios interviniera en su vida de manera prodigiosa.

–Estoy dispuesta a hacer todo lo que Dios quiera, con tal de que él solucione mis problemas. Estoy desesperada –decía.

–Tú pretendes realizar una especie de intercambio con Dios, ¿es esa la idea? –le preguntó Laura.

–No sé. Estoy en el fondo del pozo. Ayer, hasta agarré un teléfono móvil que no es mío, para venderlo… Dios ¿puede hacer algo por mí?

–¡Claro que Dios puede! Dios es Dios. Él te ama mucho y se preocupa por tu situación. Presta atención a esta promesa: “Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? […] ¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe?” (S. Mateo 6:26, 28-30).

–Mi problema es ese, Laura. Yo no tengo fe. Soy una mujer que, en este momento, solamente piensa en salir de las deudas.

–¿Sabes? Tu problema no son las deudas. Ellas existen, son reales, pero son apenas el resultado de tu verdadero problema, que es la falta de Dios. Para ti, Dios es apenas un detalle. Tú estás sola.

–Pero también, con tantas dificultades, no tengo tiempo para nada.

–Las dificultades te asfixian porque, para ti, Dios no está en el control. Él es tu Creador, tu Padre amante, pero parece que eso no te importa. Si lo reconocieras como tu Dios, él haría maravillas en tu vida. Lee conmigo lo que dice David: “La gloria, Señor, no es para nosotros; no es para nosotros sino para tu nombre, por causa de tu amor y tu verdad. […] Nuestro Dios está en los cielos y puede hacer lo que le parezca. Los que temen al Señor, confíen en él; él es su ayuda y su escudo. […] Él bendice a los que temen al Señor, bendice a grandes y pequeños. Que el Señor multiplique la descendencia de ustedes y de sus hijos. Que reciban bendiciones del Señor, creador del cielo y de la tierra” (Salmo 115:1, 3, 11, 13-15).

–¿Qué significa todo eso?

–La idea principal de ese texto es que Dios es soberano, todopoderoso y eterno. “Nuestro Dios está en los cielos y puede hacer lo que le parezca”. El ser humano no puede hacer de la propia vida el centro de su experiencia, por más dificultades que esté enfrentando. “La gloria, Señor, no es para nosotros; no es para nosotros sino para tu nombre”, dice David.

–Y ¿qué hago con mis problemas?

–El versículo que te leí te lo responde: “Los que temen al Señor, confíen en él; él es su ayuda y escudo. Él bendice a los que temen al Señor, bendice a grandes y pequeños”. Un escudo es un arma de protección. Si el Señor es tu escudo, ¿quién podrá alcanzarte?

–Esa promesa ¿también es para mí?

–¡Claro! Solo que el motivo correcto para buscarlo no debería ser la solución de tus problemas, sino adorarlo porque él es tu Dios.

–Para ti es muy fácil decir eso. En este momento, mis condiciones no son favorables –se quejó Gabriela, desanimada.

–No, querida; no estoy en tu lugar, pero aprendí que las bendiciones son un resultado natural de buscar al Señor de todo corazón. Eso es lo que dice la Biblia: “A los que me aman, les correspondo; a los que me buscan, me doy a conocer. Conmigo están las riquezas y la honra, la prosperidad y los bienes duraderos. Mi fruto es mejor que el oro fino; mi cosecha sobrepasa a la plata refinada. Voy por el camino de la rectitud, por los senderos de la justicia, enriqueciendo a los que me aman y acrecentando sus tesoros” (Proverbios 8:17-21).

Gabriela cambió de posición en el sofá y los ojos mostraron un brillo diferente, como si de pronto un rayo de luz iluminara su mundo oscurecido por las necesidades. Ella buscaba una solución para sus problemas, pero no buscaba a Dios. Y, al percibir su actitud, bajó los ojos, avergonzada, y dijo:

–Estoy completamente errada, lo sé…

–No, Gabriela. Tú, como mucha gente, solamente no entendiste el orden de las cosas. Dios es el principio de todo. Mira lo que dice Jesús: “Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas” (S. Mateo 6:33).

–Y ¿qué debo hacer, entonces?

–Vuélvete a Dios. Tú no te perteneces. Reconoce a Dios como tu Creador y tu Sostenedor. Si tú no lo haces, estarás apoderándote de aquello que le pertenece a Dios. Mira lo que el Señor decía en los tiempos del profeta Malaquías: “Desde la época de sus antepasados se han apartado de mis preceptos y no los han guardado. Vuélvanse a mí, y yo me volveré a ustedes –dice el Señor Todopoderoso–. Pero ustedes replican: ‘¿En qué sentido tenemos que volvernos?’ ” (Malaquías 3:7). Lo que Dios desea es que sus hijos reconozcan que se apartaron de él y retornen a los brazos de amor del Padre.

–¿Por qué dices que me aparté de él?

–Voy a explicarte, pero necesitamos regresar al jardín del Edén, a la creación del mundo.

–¿Para qué?

–Escucha el relato: “Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó, y los bendijo con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo’. También les dijo: ‘Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento’ ” (Génesis 1:27-29). ¿Te diste cuenta de que, en el jardín, Dios le dio al ser humano dominio y potestad sobre todas las criaturas?

–¡Sí!

–Dios también le dio todo lo que había en el campo para que se alimentara y viviera. Sin embargo, se reservó algo: “Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara, y le dio este mandato: ‘Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás’ ” (Génesis 2:15-17).

–Y ¿qué tenía ese árbol?

–Nada. Era simplemente una prueba de lealtad para Adán y Eva. Respetar el árbol de la ciencia del conocimiento del bien y del mal significaba reconocer la soberanía del Creador. Tocar el árbol, por el contrario, sería apoderarse de las cosas que le pertenecían a Dios, hacerse dueño y apartarse del Creador. La consecuencia de ese acto de rebeldía sería la muerte. El hombre comenzaría a deteriorarse lentamente.

–Nunca lo había pensado de esa manera…

–Dios es el dueño de todo, Gabi. Él mismo dice: “Pues míos son los animales del bosque, y mío también el ganado de los cerros. Conozco a las aves de las alturas; todas las bestias del campo son mías. Si yo tuviera hambre, no te lo diría, pues mío es el mundo, y todo lo que contiene” (Salmo 50:10-12). El problema es que el ser humano tiene la tendencia de apoderarse de lo que le pertenece a Dios y, para colmo, piensa que todo lo que tiene le pertenece. Especialmente, cuando las circunstancias de la vida le son favorables.

–Tal vez ese haya sido mi caso –pensó en voz alta Gabriela.

–Ese es el caso de todos los seres humanos. Siempre fue así.

–¿Por qué dices eso?

–Porque ya en los tiempos del Israel antiguo, Dios dijo: “Pero ten cuidado de no olvidar al Señor tu Dios […] cuando hayas comido y te hayas saciado, cuando hayas edificado casas cómodas y las habites, cuando se hayan multiplicado tus ganados y tus rebaños, y hayan aumentado tu plata y tu oro y sean abundantes tus riquezas, no te vuelvas orgulloso ni olvides al Señor tu Dios, quien te sacó de Egipto, la tierra donde viviste como esclavo. […] No se te ocurra pensar: ‘Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos’ ” (Deuteronomio 8:11-14, 17). ¿Notas cómo el ser humano siempre tuvo la tendencia a apoderarse de todo lo que le pertenece a Dios? Adán lo hizo y hoy continuamos haciendo lo mismo.

–Pero hoy no existe un árbol del conocimiento del bien y del mal. No estoy tocando nada que Dios dijo que no podía tocar –se quejó la joven viuda.

–Bueno, después de salir del Edén, por causa del pecado, Adán y Eva no tenían más el árbol. El diezmo (devolver a Dios el diez por ciento de lo que él nos da, como el dinero) pasó a ser una de las pruebas de que reconocemos a Dios como soberano. Moisés dejó eso bien claro: “El diezmo de todo producto del campo, ya sea grano de los sembrados o fruto de los árboles, pertenece al Señor, pues le está consagrado” (Levítico 27:30).

–No creo que eso sea una prueba de fidelidad.

–¿No lo crees? Entonces, mira lo que Dios dijo en los tiempos de Malaquías: “¿Acaso roba el hombre a Dios? ¡Ustedes me están robando! Y todavía preguntan: ‘¿En qué te robamos?’ En los diezmos y en las ofrendas. Ustedes –la nación entera– están bajo gran maldición, pues es a mí a quien están robando. Traigan íntegro el diezmo para los fondos del templo, y así habrá alimento en mi casa. Pruébenme en esto –dice el Señor Todopoderoso–, y vean si no abro las compuertas del cielo y derramo sobre ustedes bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:8-10). ¿Notas que Dios le dijo a Adán: “Ciertamente morirás” (Génesis 2:17), y a nosotros hoy, él nos dice: “están bajo gran maldición”?

–Sí, pero Dios ¿no es amor? ¿Cómo puede él matar o maldecir, solo por tocar un árbol o por no dar el diezmo?

–No es Dios quien castiga. Él es la fuente de la vida, la propia vida, la bendición mayor. Y, cuando el ser humano se apodera de aquello que no es de él, se aparta del Creador y entra, voluntariamente, en el territorio de la muerte y de la maldición.

–No entiendo.

–Es como si Dios dijera: Hijo, todo es mío, pero te lo presto para que tú vivas. Sin embargo, como soy Dios y conozco todo, sé que con el paso del tiempo tú vas a creer que todo te pertenece. Establecí, entonces, la devolución de los diezmos para que nunca te olvides de que yo soy el propietario y tú apenas el administrador. Mientras lo hagas así, sabré que me reconoces como Soberano. Si no lo haces, sabré que estás apoderándote de aquello que te confié.

–Entonces, ¿es el hombre quien determina su situación?

–Exactamente. Lo que Dios más quiere es que vivamos felices. “Diles: Tan cierto como que yo vivo –afirma el Señor omnipotente–, que no me alegro con la muerte del malvado, sino con que se convierta de su mala conducta y viva. ¡Conviértete, pueblo de Israel; conviértete de tu conducta perversa! ¿Por qué habrás de morir?” (Ezequiel 33:11).

–¿Me permites ser sincera, Laura? Me parece que Dios no necesita dinero.

–Claro que no. Él mismo lo dice: “Mía es la plata, y mío es el oro –afirma el Señor Todopoderoso” (Hageo 2:8).

–Entonces, ¿para qué pide el diezmo?

–Ya te lo dije. El problema no es el diezmo, sino el hecho de reconocerlo o no como Soberano en tu vida.

–Y ¿qué hace la iglesia con el diezmo? ¿Para qué lo utiliza?

–En los tiempos de Moisés, el diezmo era usado para el mantenimiento de los sacerdotes, que pertenecían a la tribu de Leví. “Porque yo les he dado como herencia los diezmos que los israelitas ofrecen al Señor como contribución. Por eso he decidido que no tengan herencia entre los israelitas” (Números 18:24).

–Pero eso era en los tiempos del antiguo Israel, ¿y ahora?

–En nuestros días, el diezmo sagrado es usado para el mantenimiento de los ministros y para la predicación del evangelio. El apóstol Pablo dice: “¿No saben que los que sirven en el templo reciben su alimento del templo, y que los que atienden el altar participan de lo que se ofrece en el altar? Así también el Señor ha ordenado que quienes predican el evangelio vivan de este ministerio” (1 Corintios 9:13, 14).

Las horas habían pasado sin que ellas se dieran cuenta. Gabriela nunca había imaginado que la Biblia pudiera tener las respuestas para las inquietudes del corazón humano.

–Amiga, tú puedes encontrar en las Escrituras respuestas para cualquier pregunta. Ese libro es la carta de amor que Jesús dejó para que nosotros no anduviéramos extraviados en las vueltas de esta vida, intentando ser felices a nuestra manera.

–¿Podemos seguir estudiando más las cosas de Dios? –preguntó Gabriela, ansiosa.

–Cuando quieras. Estaré aquí siempre dispuesta para que estudiemos juntas.

Cuando Gabriela salió de la casa de la amiga, ya era bien tarde. Tomó un baño y se acostó. El corazón parecía disparado. Sentía música en el alma. Los problemas continuaban siendo los mismos, pero ella había cambiado. La oración que Laura había hecho antes de despedirse aquella noche marcó el corazón de Gabriela.

A la mañana siguiente, se despertó con el canto de los pajaritos. Pensó: “Si Dios se preocupa por las aves del cielo, ¿por qué no se va a interesar en mí?” Abrió los ojos, se arrodilló y dijo: “Señor, toma el control de mi vida. Soy tu hija; sé que tú me amas y quiero pedirte perdón porque nunca te reconocí como mi Dios todopoderoso. Aquí está mi vida. La coloco en tus manos. No sé qué harás por mí; pero una cosa sé: no deseo más vivir sola”.

Después salió. No rumbo al trabajo, sino rumbo a una vida de victoria. Porque nada puede tocar a quien se coloca en las manos de Dios.

La primera cosa que hizo al llegar a su trabajo fue llamar a la dueña del celular.

–Encontramos su teléfono móvil.

–Pero ayer dijeron que no lo habían encontrado…

–Está aquí, conmigo. ¿Podría venir?

Cuatro horas después, apareció la dueña del aparato. Era una señora madura, de cabellos blancos, elegante, fina, de apariencia noble.

Gabriela la miró a los ojos y le dijo:

–Lo lamento mucho, señora. Estoy avergonzada. Yo tomé su teléfono. Me equivoqué, nada justifica lo que hice. Solamente quería pedirle perdón.

La señora iba cambiando de color y de actitud a medida que escuchaba la confesión de la secretaria.

–Y ¿tú crees que estas cosas se arreglan así? ¿Perdón, y ya está todo resuelto? Quiero hablar con tu gerente.

El desenlace es fácil de imaginar. Antes de que el expediente llegara al final, ella estaba sin trabajo.

Salió triste y avergonzada por su actitud. Sin embargo, percibió algo extraño. No estaba desesperada. Una paz indescifrable llenaba su corazón. El sol brillaba todavía fuerte, a lo lejos. Estaba sin empleo, pero no estaba atribulada. Estaba en las manos de Dios, y si él cuidaba de las aves cuidaría de ella también.

Durante los días siguientes continuó estudiando la Biblia con Laura. El sábado fue a la iglesia por primera vez, llevando el diezmo del dinero que tenía.

–Sé que necesito este dinero para pagar mis deudas, pero también sé que jamás voy a volver a tocar aquello que le pertenece a Dios –se dijo a sí misma.

Aquel sábado, a la hora del almuerzo, en la iglesia, se aproximó a ella un hombre bajo, fuerte, de cabellos blancos.

–Hola, me dijeron que tú eres secretaria. ¿Podría conversar mañana contigo?

Conversaron. El lunes ya estaba empleada otra vez, ganando casi el doble de lo que recibía en su empleo anterior.

Los años pasaron. Hoy, Gabriela está casada de nuevo, con otro viudo, y su hija volvió a vivir a con ella. Sus padres ya descansan en Cristo, y ella vive feliz y convencida de que Dios es soberano y eterno en su vida.

Gabriela y su familia encontraron la única esperanza.

Esperanza de prosperidad

Tú puedes encontrar esperanza de prosperidad. Descubre por qué debemos ser generosos y agradecidos por las bendiciones que recibimos de Dios.
  1. 1 Dios prometió cuidar de sus hijos. Deuteronomio 8:17, 18
  2. 2 Dios es el Creador y Sustentador del universo. Salmo 24:1; 50:10-12
  3. 3 De las manos de Dios recibimos todas las provisiones para nuestra supervivencia. 1 Crónicas 29:14
  4. 4 Dios declaró que el diezmo le pertenece a él. Levítico 27:30
  5. 5 Además de los diezmos, debemos ofrendar según la bendición de Dios. Deuteronomio 16:17
  6. 6 Cuando retenemos diezmos y ofrendas, retenemos también las bendiciones de Dios. Hageo 1:6, 9, 10
  7. 7 Dios preparó bendiciones sin medida para sus hijos fieles. Malaquías 3:8-10; Salmo 37:5
  8. 8 Por medio de los diezmos y de las ofrendas, participamos de la predicación del evangelio. 1 Corintios 9:13, 14
  9. 9 Cuando honramos a Dios con nuestros bienes, recibimos bendiciones abundantes. Proverbios 3:9, 10
  10. 10 Dios nos invita a buscarlo a él en primer lugar. S. Mateo 6:33