LA ÚNICA ESPERANZA


2. Esperanza de vida

Hernán era coronel de la policía. Fue formado en los rigores de la disciplina de la corporación. Lucha por sus convicciones con uñas y dientes, y es sincero. Defiende sus ideas con braveza y honra, de la misma manera que defendería los colores de la patria.

Hoy, sin embargo, Hernán está afligido. Hace cuatro meses que estudia la Biblia, y descubre verdades que sacuden su estructura. En los inicios de los estudios, discutía mucho e interrumpía constantemente la exposición del maestro, en el grupo pequeño del que participaba. No logró resistirse a las evidencias, y aceptó la Biblia como Palabra de Dios. A partir de ese día, él está asimilando nuevos conceptos, siempre que estén fundamentados en las Sagradas Escrituras.

Hoy, el grupo de estudio se reúne de nuevo en la casa de un vecino que tiene un negocio en el mercado de frutas de la ciudad. Todos los martes se reúnen allí varias familias: Hernán, su esposa y sus dos hijos mayores; la familia de un sargento; y un médico residente, joven todavía, que va acompañado por su novia, una muchacha rubia. El casamiento será en breve.

El maestro es un hombre de rostro noble y mirada melancólica. Da la impresión de que sufrió mucho en el pasado. Relaciona los conceptos que son estudiados con los dramas de la vida diaria de las personas. Su palabra es confiable. No habla mucho de sus opiniones. Lee constantemente la Biblia y permite que los participantes saquen sus propias conclusiones. La familia anfitriona se siente feliz de recibir al grupo.

El tema de este día es aguardado con mucho interés por todos. La semana anterior, la hija más grande de Hernán preguntó:

–¿Qué nos puede decir de la Iglesia Adventista del Séptimo Día? Existen tantas iglesias en el mundo, y todas fundamentan sus enseñan­zas en la Biblia.

–Por lo menos, todas afirman eso –completó el coronel, mirando fijamente al maestro.

Aquel día la hora había avanzado mucho y no hubo tiempo para una respuesta completa. Por eso, en esta ocasión, todos esperan lo que el maestro dirá.

–¿Podrían abrir sus Biblias? Hoy estudiaremos un período profético anunciado más de quinientos años antes del nacimiento de Jesús. Esa profecía previó las fechas del bautismo y de la muerte de Cristo, así como el momento en el que Dios levantaría un pueblo para anunciar el evangelio a todo el mundo. Se la llama “la piedra angular de las profecías”, porque coloca en su debido lugar todas las otras profecías. Sin duda, esa es la mayor profecía en la que aparecen aspectos relacionados con el tema del tiempo. Lamentablemente, muchos cristianos ni siquiera saben de su existencia.

–¿Qué profecía es esa? –pregunta, ansiosa, la novia del médico.

–Está registrada en el libro del profeta Daniel, capítulo 8, versículo 14: “Y aquel santo me dijo: Va a tardar dos mil trescientos días con sus noches. Después de eso, se purificará el santuario”.

Todos se miran, como si no entendiesen nada.

El maestro continúa:

–Para entender esta profecía, necesitamos saber que, en los ver­sícu­los anteriores, se menciona un poder religioso que persigue a los seguidores de Jesús e intenta desvirtuar las verdades de la Biblia. A partir de la visión de ese poder, surge la pregunta: “¿Cuánto más va a durar esta visión del sacrificio diario, de la rebeldía desoladora, de la entrega del santuario y de la humillación del ejército?” (Daniel 8:13). Y la respuesta aparece en el versículo 14, que acabamos de leer: “Va a tardar dos mil trescientos días con sus noches. Después de eso, se purificará el santuario”.

–Disculpe, maestro, pero yo no logro acompañar su pensamiento. Mi pregunta es con relación a la Iglesia Adventista del Séptimo Día –insiste la hija del coronel.

El maestro no se molesta por la pregunta, y le responde:

–No te preocupes. Ni el propio Daniel entendió en un primer momento la visión. Él, incluso, cayó enfermo a causa de aquello que había visto: “Yo, Daniel, quedé exhausto, y durante varios días guardé cama. Luego me levanté para seguir atendiendo los asuntos del reino. Pero la visión me dejó pasmado, pues no lograba comprenderla” (Daniel 8:27).

–Si él no logró entenderla, ¿cómo la entenderemos nosotros? –pregunta el sargento.

–Tenga un poco de paciencia. El relato dice: “Escuché entonces una voz que desde el río Ulay gritaba: ¡Gabriel, dile a este hombre lo que significa la visión! Cuando Gabriel se acercó al lugar donde yo estaba, me sentí aterrorizado y caí de rodillas. Pero él me dijo: ‘Toma en cuenta, criatura humana, que la visión tiene que ver con la hora final’ ” (Daniel 8:16, 17).

–¿Quiere decir que esa profecía se refiere al tiempo del fin? –desea saber el médico.

–Sí. El fin de la profecía, sin dudas. Pero, para entender correctamente, continuemos leyendo el relato bíblico: “Se acercaba la hora del sacrificio vespertino. Y mientras yo seguía orando, el ángel Gabriel, a quien había visto en mi visión anterior, vino en raudo vuelo a verme y me hizo la siguiente aclaración: ‘Daniel, he venido en este momento para que entiendas todo con claridad. Tan pronto como empezaste a orar, Dios contestó tu oración. He venido a decírtelo porque tú eres muy apreciado. Presta, pues, atención a mis palabras, para que entiendas la visión’ ” (Daniel 9:21-23). ¿Notaron que Daniel estaba orando cuando el ángel Gabriel se presentó otra vez y le dijo que había venido para explicarle la visión?

–¿La visión de las 2.300 tardes y mañanas? –pregunta el grupo, casi al unísono.

–Sí. Era la única visión que no había sido entendida por Daniel. Y Gabriel le explicó: “ ‘Setenta semanas han sido decretadas para que tu pueblo y tu santa ciudad pongan fin a sus transgresiones y pecados, pidan perdón por su maldad, establezcan para siempre la justicia, sellen la visión y la profecía, y consagren el lugar santísimo’ ” (Daniel 9:24). El ángel le dice a Daniel que 70 semanas de aquel período de 2.300 días están destinadas al pueblo de Daniel, es decir, a los judíos. Dios les estaba dando 70 semanas para que se arrepintieran y se transformaran en un pueblo fiel.

–Estoy un poco confundido. Ese período profético consiste en semanas, en días, o en tardes y mañanas? –quiere saber el coronel, enérgico como siempre.

–En el estudio profético, un día simboliza un año. Eso es bíblico. Vea, por ejemplo, lo que dice aquí: “Cuando cumplas ese plazo, volverás a acostarte, pero esta vez sobre tu lado derecho, y cuarenta días cargarás con la culpa del pueblo de Judá, o sea, un día por cada año. Luego mirarás el asedio de Jerusalén, y con brazo amenazante profetizarás contra ella” (Ezequiel 4:6, 7, énfasis agregado).

–Interesante. ¿Siempre es así? –pregunta la novia del médico.

–Tratándose de profecías, siempre. Miren este otro texto: “La exploración del país duró cuarenta días, así que ustedes sufrirán un año por cada día. Cuarenta años llevarán a cuestas su maldad, y sabrán lo que es tenerme por enemigo” (Números 14:34). El mismo principio de interpretación se aplica a la profecía de Daniel; al ver el cumplimiento exacto de los acontecimientos anunciados, no quedan dudas. Por lo tanto, los 2.300 días representan 2.300 años; y las 70 semanas son iguales a 490 años. Ambos períodos proféticos tienen el mismo punto de partida, porque las 70 semanas forman parte de los 2.300 años.

–Sí. Hasta aquí es comprensible; pero ¿cuándo comienza ese período profético? –esta pregunta la formula la esposa del coronel, una señora distinguida que, la mayoría de las veces, prefiere quedarse en silencio.

–El ángel Gabriel respondió a esa pregunta: “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos” (Daniel 9:25, RVR). Ese período profético tiene su inicio en la misma fecha en la que se emite el decreto para reedificar Jerusalén. El decreto fue emitido por el rey Artajerjes, de Persia, en el año 457 a.C. Es un hecho histórico que está registrado en los capítulos 6 y 7 del libro de Esdras.

Un brillo especial se refleja en las miradas de todos los participantes. Es admirable cómo la Biblia se explica a sí misma. Todo lo que el ser humano necesita hacer es abrirla, y estudiarla con humildad y fe.

Entusiasmado, el joven médico pregunta:

–En el versículo que acaba de leer son mencionadas 7 semanas y 62 semanas. ¿A qué se refiere eso?

–Si sumamos los días que hay en 7 semanas más 62 semanas, tenemos 483 días proféticos, es decir, años. Eso significa que esos 483 años, comenzando en el año 457 a.C., con el decreto de Artajerjes, nos llevan hasta el tiempo de Jesucristo, es decir, al año 27 d.C. Justamente el año en el que él fue bautizado y ungido por el Espíritu Santo para iniciar su ministerio. Lo sorprendente de todo esto es que esa profecía le fue dada a Daniel más de 500 años antes de que se cumpliera. Piensen en la exactitud de los anuncios divinos.

–¡Impresionante! –exclama el coronel.

–Pero, no termina aquí.

–¿En serio? –dicen prácticamente todos, con expectativa.

–Exacto. Continuemos leyendo: “Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador” (Daniel 9:27, RVR).

–¿Qué significa que hará cesar el sacrificio? –indaga, nuevamente, la esposa del coronel.

–Los 483 años nos llevan hasta el año 27 d.C., cuando Jesús inicia su ministerio. Pero, el versículo 27, que acabamos de leer, menciona la última semana, es decir, 7 años más. En esos últimos 7 años, muchos judíos tuvieron la oportunidad de arrepentirse y volverse a Dios. Sin embargo, los dirigentes judíos rechazaron a Jesús, que murió 3 ½ años después del año 27 d.C., en el año 31 d.C. Una vez más, la profecía se cumplió con exactitud. Daniel dice que, ese año, Jesús haría cesar el sacrificio. Y lo hizo, al morir como el gran sacrificio por los pecados de la humanidad. A partir de entonces, ya no sería necesario sacrificar animales.

–¡Eso es admirable! –casi grita uno de los hijos del coronel.

–Sí, es admirable. Y San Mateo confirma esto: “Entonces Jesús volvió a gritar con fuerza, y entregó su espíritu. En ese momento la cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. La tierra tembló y se partieron las rocas” (S. Mateo 27:50, 51).

Hernán completa:

–El velo del Templo se rasgó porque ya no era necesario el sacrificio de animales. Jesús era el sacrificio al que apuntaban todos los sacrificios realizados.

Todos miran al coronel con un aire de admiración. Es un hombre duro. En el inicio de los estudios había creado muchas dificultades con sus preguntas, pero con el tiempo se había transformado en un alumno brillante.

–¿Y los otros 3 ½ años? La profecía habla de una semana profética entera; pero, por lo que entiendo de los textos, Jesús fue sacrificado en la mitad de ella. ¿Qué ocurrió al final de aquella semana? –pregunta el médico.

–Esa pregunta es muy oportuna. El ángel Gabriel había dicho que 70 semanas, es decir, 490 años, estaban separadas para el pueblo del profeta Daniel, los judíos. Ese tiempo acabó justamente en el final de aquella semana, en el año 34 d.C.

–Y ¿qué sucedió en aquella fecha?

–Esteban, uno de los apóstoles cristianos, fue apedreado y, con esa actitud, los dirigentes de Israel desperdiciaron tristemente la oportunidad de aceptar al Mesías. En aquel momento terminaron las 70 semanas de oportunidad que ellos tuvieron. A partir de aquella fecha, el gran propósito de salvar al mundo se cumple a través de la iglesia. Hoy, si un judío desea ser salvo, necesita aceptar a Jesús como cualquier otra persona.

Todos los participantes del grupo parecen sorprendidos. Sin embargo, a pesar del interés que todos muestran por el estudio, la noche ya está muy avanzada, y el maestro dice:

–Mañana continuaremos con el estudio. Hasta aquí vimos los 490 años separados para el pueblo de Daniel. Ese período termina en el año 34 d.C. Pero, si continuamos contando los 2.300 años de la profecía, a partir del año 457 a.C., en el que se inició, llegaremos al año 1844. Mañana veremos lo que sucedió en esa fecha.

Aquella noche, mientras vuelven a su casa, la hija de Hernán comenta:

–Papá, todo es muy interesante y admirable, pero ¿tú notaste que el maestro no respondió mi pregunta?

–¿Qué pregunta?

–La que le hice al inicio del estudio. Existen tantas iglesias en el mundo. ¿Qué es lo que él tiene para decirnos sobre la Iglesia Adventista?

–Bueno, tenemos que tener paciencia. El estudio continúa mañana, ¿no es verdad?

A la noche siguiente, llueve con intensiad. Relámpagos rasgan la oscuridad como flechas de fuego. A pesar de las inclemencias del tiempo, allí están todos reunidos otra vez. El coronel y su familia están acompañados por un vecino que también abriga inquietudes espirituales. El maestro comienza diciendo:

–Ayer estudiamos la profecía de los 2.300 años. “Va a tardar dos mil trescientos días con sus noches. Después de eso, se purificará el santua­rio” (Daniel 8:14), dice la profecía. Contados los años, a partir del decre­to de Artajerjes para reconstruir Jerusalén, esa profecía ­terminó en 1844.

–¿Cómo podría el Santuario ser purificado en 1844, si en aquel tiempo ya no existía más el Santuario en Israel? –desea saber la novia del médico.

–Para entender esto, necesitamos saber por qué existía el Santuario en los tiempos del pueblo de Israel. La Biblia dice: “De hecho, la ley exige que casi todo sea purificado con sangre, pues sin derramamiento de sangre no hay perdón” (Hebreos 9:22).

–¿Por qué sangre? –indaga el coronel.

–El apóstol Pablo dice: “Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Romanos 6:23).

–¿Y? –preguntan todos.

–Siendo que el salario del pecado es la muerte, solamente puede haber perdón para el ser humano mediante el sacrificio de Cristo. Por eso, Dios estableció el sistema de sacrificios. El pueblo necesitaba entender que no existe remisión de pecados sin derramamiento de sangre.

–La sangre de Cristo –afirma el coronel.

–Sí, la sangre de Cristo. El sacrificio de los animales, en el Antiguo Testamento, era solamente un símbolo del sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario.

–Eso ¿está en la Biblia? –la esposa del coronel necesita estar segura de ello.

–Sí. Miren lo que está escrito aquí: “Al día siguiente Juan vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo: ‘¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!’ ” (S. Juan 1:29). Jesús era el verdadero Cordero, simbolizado por todos los animales que Israel sacrificaba. Dios había dejado instrucciones precisas para el ceremonial de los sacrificios. Cada mañana y cada tarde, el pueblo se presentaba en el Santuario para ofrecer sacrificios por sus pecados. Sin embargo, todos esos animales simbolizaban a Jesús, el Cordero de Dios, que un día sería sacrificado en la cruz del Calvario.

–El Santuario ¿era el lugar de esos sacrificios diarios que el pueblo ofrecía a Dios para el perdón de sus pecados? –pregunta el médico.

–Sí. Todos los días se ofrecían sacrificios en el Santuario, pero una vez al año ocurría algo diferente.

–¿Cómo “algo diferente”? –otra vez pregunta la esposa del coronel.

Sus ojos reflejan el brillo de quien desea aprender.

–Dios le había ordenado al antiguo Israel lo siguiente: “Este será para ustedes un estatuto perpetuo, tanto para el nativo como para el extranjero: El día diez del mes séptimo ayunarán y no realizarán ningún tipo de trabajo. En dicho día se hará propiciación por ustedes para purificarlos, y delante del Señor serán purificados de todos sus pecados” (Levítico 16:29, 30).

–Creo que percibo la idea. Aquí se habla de la purificación del Santuario –señala el coronel.

–Exactamente –responde el maestro–. El Santuario en la Tierra era purificado una vez por año, y ese era un día de juicio y contrición. Observen: “El día diez del mes séptimo es el día del Perdón. Celebrarán una fiesta solemne en honor al Señor, y ayunarán y le presentarán ofrendas por fuego” (Levítico 23:27). En aquel día, se convocaba al pueblo para que afligiera el alma, es decir, para que realizara un autoexamen de conciencia, a fin de saber si alguien tenía pecados escondidos o alguna otra cosa que lo apartara de Dios.

–¿Todos hacían eso? –quiere saber el médico.

–Sí, todos. Pero, ese era también un día de juicio para el pueblo. Por medio de la sangre, la persona recibía el perdón y, simbólicamente, su culpa era transferida al Santuario. Sin embargo, si el pecador no confesaba su pecado, la culpa permanecía con él.

–¿Quiere decir que, en ese día, los pecados confesados eran transferidos al Santuario? –indaga el coronel.

–Sí. El Santuario, simbólicamente, llevaba los pecados del pueblo a partir de ese momento y, en el Día de la Expiación, el Santuario era purificado.

–¿Quiere decir que la profecía de los 2.300 años indica que, al finalizar la profecía, también habrá un juicio y la purificación del Santuario? –pregunta la novia del médico.

–La profecía dice que “el santuario será purificado”, y si el Santuario de la Tierra era purificado en el Día de la Expiación y del juicio de Israel, la misma cosa sucedería con el Santuario celestial.

–¿Existe un Santuario en los cielos?

–Es lo que la Biblia dice. En el final del período de los 2.300 años, Jesús inició su trabajo de juicio e intercesión en el Santuario celestial. “Así que era necesario que las copias de las realidades celestiales fueran purificadas con esos sacrificios, pero que las realidades mismas lo fueran con sacrificios superiores a aquéllos. En efecto, Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro. Ni entró en el cielo para ofrecerse vez tras vez, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. Si así fuera, Cristo habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Al contrario, ahora, al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo” (Hebreos 9:23-26). ¿Qué creen?

–Es impresionante saber que en los cielos existe un Santuario y que Jesús ministra en ese Santuario –responde el médico, mirando la Biblia que está en sus propias manos.

–Más impresionante, todavía, es saber que Jesús entró en ese Santuario para expiar nuestros pecados –completa su novia.

–Y esa expiación ¿comenzó en el año 1844? –pregunta la hija del coronel.

–Sí –responde el maestro–. La profecía explica: “hasta dos mil trescientas tardes y mañanas, y el santuario será purificado”. Esos 2.300 años terminan en 1844, y en ese momento comenzó el juicio de las naciones. El profeta Daniel agrega: “Mientras yo observaba esto, se colocaron unos tronos, y tomó asiento un venerable Anciano. Su ropa era blanca como la nieve, y su cabello, blanco como la lana. Su trono con sus ruedas centelleaban como el fuego. De su presencia brotaba un torrente de fuego. Miles y millares le servían, centenares de miles lo atendían. Al iniciarse el juicio, los libros fueron abiertos” (Daniel 7:9, 10).

–Yo pensaba que el juicio sería el retorno de Jesús al mundo –comenta el coronel.

–En realidad, el día del retorno de Jesús es el día de la recompensa. “¡Miren que vengo pronto! Traigo conmigo mi recompensa, y le pagaré a cada uno según lo que haya hecho” (Apocalipsis 22:12). Jesús no podría dar la recompensa si primero no se determinara quién la merece. Eso sugiere un juicio antes de su segunda venida.

–Y ese juicio, de acuerdo con la profecía, ¿tuvo su inicio en 1844?

–Exactamente. Ese fue uno de los eventos especiales que sucedieron en esa fecha. En el cielo, Dios comenzó el Juicio Investigador; pero, en la Tierra, ocurrió otro evento significativo.

–¿Qué fue?

–Dios levantó a un pueblo para que anunciara el mensaje del juicio dentro del marco del evangelio eterno. “Luego vi a otro ángel que volaba en medio del cielo, y que llevaba el evangelio eterno para anunciarlo a los que viven en la tierra, a toda nación, raza, lengua y pueblo. Gritaba a gran voz: ‘Teman a Dios y denle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio. Adoren al que hizo el cielo, la tierra, el mar y los manantiales’ ” (Apocalipsis 14:6, 7).

–¿Esa es la Iglesia Adventista? –pregunta la esposa del coronel.

–La Iglesia Adventista del Séptimo Día apareció exactamente en esa fecha. Primero en los Estados Unidos; luego, con el tiempo, se fue expandiendo hasta organizarse como iglesia en 1863. Hoy está establecida en 203 países y predica el evangelio en 738 idiomas.

–¿Por qué usted cree que la Iglesia Adventista está descrita en el texto que acabamos de leer?

–Por varias razones. La primera es que el Movimiento Adventista surge en el final del tiempo previsto por la profecía que estudiamos. Segundo, porque aparece para predicar el evangelio eterno. No es un evangelio nuevo. Es el único evangelio eterno, que se encuentra ­tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. No es el evan­gelio que enfatiza solamente un aspecto, sino que resalta tanto la causa, que es la gracia, como el resultado, que es la obediencia a los eternos principios de la Ley de Dios.

–¿De qué está hablando, específicamente? –desea saber el coronel.

–Apocalipsis 12 presenta las características de la iglesia de Dios, simbolizada por la mujer vestida de blanco. Allí dice: “Entonces el dragón se enfureció contra la mujer, y se fue a hacer guerra contra el resto de sus descendientes, los cuales obedecen los mandamientos de Dios y se mantienen fieles al testimonio de Jesús” (Apocalipsis 12:17). La Iglesia Adventista del Séptimo Día tiene como el centro de su mensaje la salvación por la gracia de Jesús, pero al mismo tiempo cree en la obediencia a la Ley de Dios. No como causa de salvación, sino como resultado de ella.

El reloj de pared indica casi la medianoche. Ha sido una larga jornada. Hay un nudo en la garganta de muchos. El silencio casi pesa cuando el coronel habla:

–Maestro, creo que estos dos últimos estudios son materia para pensar seriamente. Este no es simplemente un asunto de iglesia. Es un asunto de vida eterna. Le agradezco mucho a usted por la paciencia que tuvo para responder nuestras preguntas.

El joven médico toma la mano de su novia, emocionado, y antes de salir le dice:

–Gracias, maestro, gracias. Todos sabemos lo que debemos hacer. Todos sentimos al Espíritu Santo trabajando en nuestros corazones.

El tiempo mostrará los resultados. Ellos saben que hoy es el día de las buenas nuevas. Hoy es el día de la decisión.

Camino de esperanza

Tú puedes formar parte del pueblo de la esperanza. Conoce mejor las características del pueblo de Dios.
  1. 1 El pueblo de Dios aguarda ansiosamente la segunda venida de Cristo. S. Juan 14:1-3
  2. 2 Es esencial conocer y aceptar la voluntad de Dios. S. Juan 7:17
  3. 3 La iglesia de Dios es portadora de verdades fundamentales. 1 Timoteo 3:15
  4. 4 Las sanaciones, los milagros y los prodigios no son pruebas de que una iglesia sea verdadera. S. Mateo 7:21-23
  5. 5 El enemigo de Dios popularizó errores doctrinales. Daniel 8:11, 12
  6. 6 Por la fe, podemos guardar los Mandamientos de Dios. Apocalipsis 12:17
  7. 7 El pueblo elegido anuncia verdades olvidadas e impopulares. Apocalipsis 14:6-12
  8. 8 Los fieles son invitados a proclamar las verdades restauradas. Apocalipsis 18:4
  9. 9 Debemos discernir las marcas de la religión corrompida en el tiempo del fin. Apocalipsis 17:1-5
  10. 10 Dios nos invita a aceptar el sello de la esperanza. S. Marcos 16:16