LA ÚNICA ESPERANZA


7. La esperanza de la resurrección

En aquel día de abril, tibio y luminoso, Ramiro paseaba por el jardín del hotel, feliz, creyendo que estaba experimentando lo mejor de su salud, lejos de imaginar que se encontraba a pocos días de su muerte. Sin que él lo supiera, un terrible cáncer devoraba su vida desde hacía mucho tiempo. A la mañana siguiente, al tomar conocimiento del resultado de los exámenes médicos, sintió que una bomba le explotaba en su cabeza.

La vida es corta y, con frecuencia, viene acompañada de amarguras y dificultades; pero, cuando llega el momento final de la existencia, todos se aferran a ella. Así era como Ramiro se sentía. Él tenía apenas cincuenta años, exageradamente joven para despedirse de la vida. En dos meses nacería su primer nietito. Por eso, al enterarse de que le restaban pocas semanas de vida, se hundió en un abismo de deses­peración y desencanto. La pequeña fe que había conservado desde niño desapareció, y se preguntaba:

–¿Dónde está Dios? ¿Por qué permite que me suceda esto?

En la última semana de vida, en el hospital, recibió la visita de un capellán.

El hombre, de cabello blanco y voz pausada, hizo una oración que no significó absolutamente nada para Ramiro. La confianza en Dios se encontraba completamente abatida a esa altura. A pesar de eso, quedó impresionado con un versículo de la Biblia que aquel capellán leyó: “Hermanos, no queremos que ignoren lo que va a pasar con los que ya han muerto, para que no se entristezcan como esos otros que no tienen esperanza. […] El Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero” (1 Tesalonicenses 4:13, 16).

Al escuchar esa promesa, Ramiro, como si buscase un rayo de esperanza, preguntó:

–¿Usted quiere decir que Jesús va a volver y que en aquel día voy a resucitar?

–Es eso lo que declara la Biblia –respondió el capellán–. Por eso, Jesús dice: “No se angustien. Confíen en Dios, y confíen también en mí. En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté” (S. Juan 14:1-3).

No se podría decir que Ramiro fuera un incrédulo. Pero, religioso tampoco era. Sus padres habían sido cristianos y habían ido con él a misa todos los domingos. Pero el tiempo había pasado y, en la universidad, aunque sin haber perdido la fe por completo, para él Dios era apenas una especie de amuleto del que se acordaba cada vez que enfrentaba dificultades. Sin embargo, ahora, sentenciado a muerte por el cáncer, se sentía olvidado por Dios.

–¿Es posible creer en las cosas que la Biblia dice? –preguntó, ofendido.

–Mire, Ramiro –le respondió el capellán–. En la Biblia existen más de tres mil promesas. Cada una de ellas tiene el poder de revolucionar la vida de cualquier persona que tenga fe.

–¿Tantas?

–Sí. Existen promesas condicionales y promesas incondicionales. La promesa de la segunda venida de Cristo es un ejemplo de promesa incondicional. Él vendrá en el momento correcto, independientemente de cualquier cosa.

–¿Quiere decir que Jesús vendrá realmente?

–Sí. Los seres humanos pueden creer o no creer; pero, cuando llegue el día y la hora de la venida de Cristo, él vendrá. Los cristianos genuinos siempre aguardan ansiosamente el cumplimiento de esa promesa. El regreso de Cristo es mencionado trescientas veces, solamente en el Nuevo Testamento. Jesús regresará, terminará con la historia del pecado, y dará inicio a un mundo sin dolor, sin enfermedades y sin injusticias.

La última frase del capellán tocó el corazón de Ramiro, que inmedia­tamente indagó.

–Y ¿cuándo volverá?

–Escuche lo que Jesús dice en relación con esta pregunta: “Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (S. Mateo 24:36).

–Entonces, ¿nadie lo sabe?

–Nadie lo sabe. Pero tenemos señales que indican la proximidad de ese evento. Jesús, cuando estuvo en la Tierra, dijo: “Se levantará nación contra nación, y reino contra reino. Habrá hambres y terremotos por todas partes [...] y surgirá un gran número de falsos profetas que engañarán a muchos. Habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará […]. Aprendan de la higuera esta lección: Tan pronto como se ponen tiernas sus ramas y brotan sus hojas, ustedes saben que el verano está cerca. Igualmente, cuando vean todas estas cosas, sepan que el tiempo está cerca, a las puertas. Les aseguro que no pasará esta generación hasta que todas estas cosas sucedan” (S. Mateo 24:7, 11, 12, 32-34). ¿No es ese el cuadro que la humanidad vive en nuestros días?

Ramiro estaba debilitado por causa del tratamiento. Su cuerpo estaba siendo carcomido por dentro, pero el diálogo con el capellán parecía animarlo.

–Y ¿cómo será ese retorno? –preguntó ansioso.

–Será un retorno visible y real. Todo el mundo lo verá. Cuando Jesús ascendió a los cielos, sus discípulos se quedaron tristes, mirando las nubes mientras el Maestro iba desapareciendo. Entonces, se pre­sentaron dos ángeles y les dijeron: “Galileos, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse” (Hechos 1:11). Los discípulos lo vieron subir en forma visible. Él regresará de la misma forma. El propio Cristo dijo: “Por eso, si les dicen: ‘¡Miren que está en el desierto!’, no salgan; o: ‘¡Miren que está en la casa!’, no lo crean. Porque así como el relámpago que sale del oriente se ve hasta en el occidente, así será la venida del Hijo del hombre. […] La señal del Hijo del hombre aparecerá en el cielo, y se angustiarán todas las razas de la tierra. Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria” (S. Mateo 24:26, 27, 30).

–Pero yo escuché decir que Jesús ya habría regresado y solamente los justos podrían verlo, con los ojos de la fe.

–Existen personas que afirman eso, pero las Sagradas Escrituras enseñan lo siguiente: “¡Miren que viene en las nubes! Y todos lo verán con sus propios ojos, incluso quienes lo traspasaron; y por él harán lamentación todos los pueblos de la tierra. ¡Así será! Amén” (Apocalipsis 1:7).

–¿Quiénes son los que lo traspasaron?

–Son quienes hirieron a Jesús en la cruz; pero se incluyen, también, los enemigos del cristianismo a lo largo de la historia. Ellos resucitarán antes de que Jesús regrese, para verlo en el esplendor de su gloria. Por lo tanto, el regreso de Cristo no será un acto secreto.

–Entonces, ¿nadie será dejado? –preguntó Roberto, el hijo de Ramiro, hasta entonces en silencio.

–La idea del arrebatamiento secreto viene de la mala comprensión de la enseñanza de un comentario de Jesús en su sermón profético. El texto dice: “Porque en los días antes del diluvio comían, bebían y se casaban y daban en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca; y no supieron nada de lo que sucedería hasta que llegó el diluvio y se los llevó a todos. Así será en la venida del Hijo del hombre. Estarán dos hombres en el campo: uno será llevado y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo: una será llevada y la otra será dejada. Por lo tanto, manténganse despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor” (S. Mateo 24:38-42).

–¿Podría explicar mejor ese texto? –preguntó nuevamente el hijo.

–Claro que sí. La Biblia es una unidad, y necesita ser entendida a la luz de su propio contexto. Por ejemplo: ¿cuál es el tema de todo el capítulo 24 del Evangelio de San Mateo?

–La segunda venida de Jesús –respondió Roberto, que a esa altura parecía más interesado que el propio padre.

Ramiro miró a su hijo con un aire de admiración.

–¡Es exactamente eso! –continuó el capellán–. San Mateo 24 enfoca el regreso de Jesús y las señales que sucederán antes de su venida. El versículo 38 dice que los días previos al retorno de Jesús serán como los días anteriores al diluvio, en los que las personas vivían completamente ajenas a lo que ocurriría. Continuaban con la vida normal: comían, bebían, se casaban, iban a la escuela, trabajaban, compraban y vendían. En fin, no tenían la más mínima noción de lo que estaba por suceder, hasta que repentinamente llegó el diluvio. Ocho se salvaron, mientras que los otros fueron dejados.

–Pero el versículo 40 dice que dos estarán en el campo, y que uno será tomado y el otro dejado –inquirió Roberto.

–Exactamente. Sin embargo, lo que se desea enfatizar en ese versículo es el elemento sorpresa de la venida de Jesús, el hecho de que nadie sabe ni el día ni la hora. Es necesario estar permanentemente preparado, porque quien esté listo será llevado y quien no lo esté será dejado. Pero todo eso ocurrirá solamente cuando Jesús regrese. Por eso, Jesús afirma: “La señal del Hijo del hombre aparecerá en el cielo, y se angustiarán todas las razas de la tierra. Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria. Y al sonido de la gran trompeta mandará a sus ángeles, y reunirán de los cuatro vientos a los elegidos, de un extremo al otro del cielo” (S. Mateo 24:30, 31). El arrebatamiento no será en secreto, sino que será un acontecimiento público, visible para todas las personas.

–¿Los propios ángeles juntarán a los escogidos cuando Jesús vuelva?

–Si. Por eso, después de presentar la ilustración de las mujeres del molino y de los hombres del campo, Jesús dice: “Por eso también ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen” (S. Mateo 24:44). Él vuelve a enfatizar la necesidad de la preparación para su segunda venida. Quien no esté preparado, lamentablemente, será dejado.

–Eso es medio atemorizador –argumentó Ramiro, mientras lograba cambiar de posición en la cama.

–¿Atemorizador? ¿Por qué? Será el día más glorioso para los hijos de Dios. Desde la entrada del pecado, la humanidad está vagando por el desierto de la vida, deseando un mundo mejor. Muchos murieron en el camino y no vieron concretarse su esperanza. Vean lo que dice aquí: “¿Qué más voy a decir? Me faltaría tiempo para hablar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas, los cuales por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron lo prometido; cerraron bocas de leones, apagaron la furia de las llamas y escaparon del filo de la espada; sacaron fuerzas de flaqueza; se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros. Hubo mujeres que por la resurrección recobraron a sus muertos. Otros, en cambio, fueron muertos a golpes, pues para alcanzar una mejor resurrección no aceptaron que los pusieran en libertad. Otros sufrieron la prueba de burlas y azotes, e incluso de cadenas y cárceles. Fueron apedreados, aserrados por la mitad, asesinados a filo de espada. Anduvieron fugitivos de aquí para allá, cubiertos de pieles de oveja y de cabra, pasando necesidades, afligidos y maltratados. ¡El mundo no merecía gente así! Anduvieron sin rumbo por desiertos y montañas, por cuevas y cavernas. Aunque todos obtuvieron un testimonio favorable mediante la fe, ninguno de ellos vio el cumplimiento de la promesa” (Hebreos 11:32-39).

–Toda esa gente sufrió esperando la promesa y no la recibió. ¿No cree que es injusto?

–Ellos no dejarán de ver la promesa cumplida, porque al sonar la trompeta, en ocasión del regreso de Jesús, todos los muertos en Cristo resucitarán para recibir al Salvador con los brazos abiertos. “En aquel día se dirá: ‘¡Sí, éste es nuestro Dios; en él confiamos, y él nos salvó! ¡Éste es el Señor, en él hemos confiado; regocijémonos y alegrémonos en su salvación!’ ” (Isaías 25:9).

Una lágrima silenciosa rodaba por el rostro de Ramiro, pero no era de tristeza. Se podía notar el brillo de la esperanza en su mirada, cuando preguntó:

–¿Quiere decir que yo también voy a estar allá?

–Con total seguridad. Las promesas divinas también son para usted.

Roberto se sentó al lado del padre y le pasó la mano por la cabeza al hombre que había sido su mejor amigo. Al ver aquella escena, el capellán continuó:

–Por favor, lean conmigo lo que el apóstol Pablo dijo cuando les escribió a los corintios: “Fíjense bien en el misterio que les voy a revelar: No todos moriremos, pero todos seremos transformados, en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque final de la trompeta. Pues sonará la trompeta y los muertos resucitarán con un cuerpo incorruptible, y nosotros seremos transformados. Porque lo corruptible tiene que revestirse de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad. Cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: La muerte ha sido devorada por la victoria” (1 Corintios 15:51-54).

–Eso es maravilloso. Muchas gracias –dijo Ramiro, emocionado.

–Y ¿por qué Jesús no regresa ya? –preguntó el hijo.

–Vean, mis queridos. Dios es amor, y está trabajando en el corazón de muchas personas para que acepten ese amor. El apóstol Pedro declara, con relación a ese asunto, lo siguiente: “El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan. Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. En aquel día los cielos desaparecerán con un estruendo espantoso, los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será quemada” (2 S. Pedro 3:9, 10).

–¿Será como en las películas?

–Creo que la imaginación humana no es capaz de reproducir lo que realmente sucederá. No deseo asustarlos, pero mientras que los que aceptan a Jesús como su Salvador levantarán los brazos para recibirlo, los que rechazan el amor de Dios entenderán plenamente la equivocación que cometieron y verán el terrible castigo que van a soportar. Apocalipsis lo dice así: “Vi que el Cordero rompió el sexto sello, y se produjo un gran terremoto. El sol se oscureció como si se hubiera vestido de luto, la luna entera se tornó roja como la sangre, y las estrellas del firmamento cayeron sobre la tierra, como caen los higos verdes de la higuera sacudida por el vendaval. El firmamento desapareció como cuando se enrolla un pergamino, y todas las montañas y las islas fueron removidas de su lugar. Los reyes de la tierra, los magnates, los jefes militares, los ricos, los poderosos, y todos los demás, esclavos y libres, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de las montañas. ­Todos gritaban a las montañas y a las peñas: ¡Caigan sobre nosotros y escóndannos de la mirada del que está sentado en el trono y de la ira del Cordero, porque ha llegado el gran día del castigo! ¿Quién podrá mantenerse en pie?” (Apocalipsis 6:12-17).

Roberto estaba conmocionado por la lectura de ese último texto bíblico. Tomó la Biblia y leyó otra vez aquella parte, y afirmó:

–¡Ese no parece ser un Dios de amor!

–¡Ah, Roberto! Ese es un asunto que todos necesitan entender. Cuando el ser humano se aparta de Dios, en realidad, se aparta de la vida y entra en el territorio de la muerte. Pero la Biblia es clara: “Diles: ‘Tan cierto como que yo vivo –afirma el Señor omnipotente–, que no me alegro con la muerte del malvado, sino con que se convierta de su mala conducta y viva. ¡Conviértete, pueblo de Israel; conviértete de tu conducta perversa! ¿Por qué habrás de morir?’ ” (Ezequiel 33:11). Hoy, Dios nos llama sin cesar. Muchas personas aceptan su llamado; pero, lamentablemente, otras lo rechazan.

–Eso es verdad…

–Existen, además, aquellos que no lo aceptan y, como si fuera poco, se burlan de los que creen. Por eso, el apóstol Pedro afirma: “Ante todo, deben saber que en los últimos días vendrá gente burlona que, siguiendo sus malos deseos, se mofará: ‘¿Qué hubo de esa promesa de su venida? Nuestros padres murieron, y nada ha cambiado desde el principio de la creación’ ” (2 S. Pedro 3:3, 4). ¿No es ese el retrato de gran parte de la humanidad?

Padre e hijo estaban conmovidos. Eran personas sinceras, que estaban pasando por un momento difícil. No se podría decir que eran personas religiosas. Jamás habían estado comprometidos con ninguna iglesia. En aquel día, ellos aceptaron la visita del capellán del hospital casi como una cortesía; pero, a medida que la conversación avanzaba, ambos mostraban interés en las cosas de Dios y se sorprendían con las verdades que ignoraban.

–¿Cómo pudimos ignorar todo esto por tanto tiempo? –preguntó Ramiro.

–Eso no es problema. Lo importante ahora es que ustedes entendieron que no hay motivo para vivir sin esperanza. El regreso de Jesús es el fin de la historia del pecado y del plan de salvación. Si Cristo no regresara a la Tierra, la salvación no tendría mucha lógica. ¿Con qué propósito él nos habría salvado? ¿Para que continuemos viviendo eternamente en este mundo de sufrimiento y dolor? Estaríamos salvos del pecado, es verdad, pero seguiríamos aún prisioneros de sus conse­cuencias. El regreso visible de Jesús es el fin definitivo del pecado. Esa es una promesa divina, y él dice que “la calamidad no se repetirá” (Nahúm 1:9).

Pero ¿por qué el Señor demora tanto? Esa parecía ser la pregunta que se imponía en aquella conversación. La expectativa es parte de la naturaleza humana. Cuando Dios les prometió a Adán y a Eva que vendría un hijo de la simiente de la mujer para redimir al mundo, ellos pensaron que su primogénito, Caín, sería ese salvador. A partir de entonces, cada hijo que nacía era una esperanza frustrada. Por eso, en Israel, las mujeres que no podían tener hijos se sentían malditas. Todas esperaban que de su vientre naciera el Mesías. Pasaron generaciones hasta que, finalmente, Jesús llegó.

Algo parecido sucede con nosotros hoy. Desde que Jesús dijo: “Vendré otra vez” (S. Juan 14:3, RVR), la humanidad espera ansiosa. Los apóstoles Pedro y Pablo lo esperaban en sus días y murieron sin ver la realización de la promesa.

Repentinamente, Roberto quebró el silencio que se había instalado entre los tres:

–No logro armonizar la urgencia de ese evento con la demora.

–Es verdad –dijo el capellán–. Es una aparente incoherencia. Por ejemplo, San Juan dice, en el Apocalipsis: “¡Miren que vengo pronto! Dichoso el que cumple las palabras del mensaje profético de este libro” (Apocalipsis 22:7). Y, en el comienzo del versículo 6, registra: “El ángel me dijo: Estas palabras son verdaderas y dignas de confianza”. ¿Cómo pueden ser fieles y verdaderas si Jesús dice que volvería en breve y todavía no regresó? La respuesta tal vez sea el concepto que el ser humano tiene del tiempo. La perspectiva de vida de cien años para el hombre es mucho tiempo, pero no lo es para Dios. Por otro lado, existe también el hecho de que Dios espera que todos se arrepientan. Pero, cuando el día y la hora lleguen, el Señor vendrá para llevarse a sus hijos. Por eso, hoy es el día de las buenas nuevas. Hoy es el día de la decisión.

Cinco días después de la visita del capellán, Ramiro falleció con paz y esperanza en su corazón. Sin embargo, antes de que el capellán saliera de la habitación, le confió su historia:

–La vida tiene sorpresas que nosotros ni imaginamos. Escuché mucho hablar de la Biblia a lo largo de mi vida, pero nunca tuve la curiosidad de saber nada. Viví para el trabajo, luché para educar a mis hijos y verlos felices, y jamás tuve tiempo para pensar en Dios. Hoy, incluso contra mi voluntad, estoy aquí, frente a la Biblia, y me doy cuenta de cuántas cosas perdí.

–Lo importante es que usted es sensible a la voz de Jesús en este momento.

Ramiro miró a su hijo y le dijo:

–Hijo, estudia la Palabra de Dios. Para ti, todavía hay tiempo. Lleva esas verdades a tu familia.

Roberto no dijo nada. Simplemente, apretó la mano del padre cariñosamente. El entierro de Ramiro fue inspirador. Un coro de la iglesia del capellán fue a cantar en el cementerio. Aquella tarde sombría fue iluminada con los acordes del himno que el coro cantaba:

Cuando suene la trompeta en el día del Señor,

su esplendor y eterna claridad veré,

cuando lleguen los salvados ante el magno Redentor,

y se pase lista, yo responderé.

Cuando allá se pase lista,

cuando allá se pase lista,

cuando allá se pase lista,

y mi nombre llamen, yo responderé.

Resucitarán gloriosos los que duermen en Jesús,

las delicias celestiales a gozar;

y triunfantes entrarán en las mansiones de la luz;

para mí también habrá un dulce hogar.

La esposa de Ramiro, sus dos hijos y las nueras continuaron estudiando la Biblia. Ellos descubrieron la única esperanza.

La gran esperanza

Tú puedes alegrarte con la gran esperanza.

Conoce detalles de este evento tan aguardado por el pueblo de Dios.

  1. Cristo prometió volver para buscar a los que creen en él. S. Juan 14:1-3
  2. Muchas señales indican la proximidad de la venida de Jesús. S. Mateo 24:4-7, 10-12, 24, 29
  3. El momento exacto de la venida de Cristo no fue revelado. S. Mateo 24:36
  4. Cuando Jesús regrese, todos lo verán. Apocalipsis 1:7
  5. Muchos serán sorprendidos. S. Mateo 24:38-46
  6. En la venida de Cristo, todos lo que creyeron en él serán transformados. 1 Corintios 15:51-54; 1 Tesalonicenses 4:16, 17
  7. Quien cree en Jesús se alegrará con su venida. Isaías 25:9
  8. Los que no creen quedarán aterrorizados. Apocalipsis 6:12-17
  9. Dios quiere salvar a todos. Por eso, espera que todos acepten su perdón. 2 S. Pedro 3:9, 10
  10. La invitación final de Jesús es que nos preparemos para su pronta venida. Apocalipsis 22:12