LA ÚNICA ESPERANZA


6. La gran esperanza

Era largo y estrecho el camino por el que Sandra, la joven médica de la comunidad, transitaba como parte de su rutina diaria. En aquellos finales de tarde, ahora lluviosos y tristes, pero que antes estuvieron secos y fríos, Sandra se movía, con la mochila al hombro, tarareando los cantos que estaba aprendiendo en el grupo de estudio del que participaba.

En las últimas semanas, la bella médica parecía otra persona. Un año atrás, ella había llegado a aquel grupo huyendo de todos, después de haber sido abandonada por el novio, en la puerta de la iglesia. Ella quería olvidarse de ese capítulo de su vida. A la noche, sin embargo, los recuerdos como rostros de buitres feos se aproximaban a ella perturbando el deseo de un nuevo amanecer. Se esforzaba mucho para espantar a aquellas aves malignas, pero ellas arañaban su mundo interior sin piedad.

En las últimas semanas, sin embargo, había conocido a un grupo de personas que estudiaban la Biblia y, repentinamente, sus ojos se abrieron a verdades que ignoraba. A medida que profundizaba en la belleza del evangelio, veía a los buitres volar cada vez más lejos, aterrorizados.

–¿Cómo pude vivir tanto tiempo sin saber de estas cosas? –preguntó con timidez, en una de aquellas noches.

–No te culpes por eso –alguien le respondió–. Existen muchísimas personas en el mundo que ni siquiera conocen la Biblia.

–Esas verdades son maravillosas y no pueden permanecer escondidas –se lamentaba Sandra.

–No están escondidas –le respondió el líder del grupo–. El problema es que las personas no les dan importancia ni les prestan atención. Pero el mensaje está a disposición de todo aquel que tiene interés en saber.

Aquella tarde, mientras dejaba atrás el largo camino de regreso a su casa, Sandra pensaba en la reunión de la noche. El tema anunciado era: “¿Existen profetas en nuestros días?” Ella no creía que Dios pudiera levantar un profeta moderno.

–Hablaremos hoy del don de profecía –comenzó afirmando Gerardo, quien dirigía el grupo de estudio de la Biblia.

Había unas doce personas, cada una de ellas con la Biblia abierta en las manos. La mayoría, como Sandra, estaba comenzando a estudiar el Libro Sagrado. Gerardo continuó.

–Vean lo que el apóstol Pablo escribió en cierta ocasión: “En cuanto a los dones espirituales, hermanos, quiero que entiendan bien este asunto. […] Hay diversas funciones, pero es un mismo Dios el que hace todas las cosas en todos. A cada uno se le da una manifestación especial del Espíritu para el bien de los demás. A unos Dios les da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otros, por el ­mismo ­Espíritu, ­palabra de ­co­nocimiento; a otros, fe por medio del ­mismo Espíri­tu; a otros, y por ese mismo Espíritu, dones para sanar enfermos; a otros, poderes milagrosos; a otros, profecía; a otros, el discernir espíritus; a otros, el hablar en diversas lenguas; y a otros, el interpretar lenguas” (1 Corintios 12:1, 6-10). El apóstol dice que Dios entregó dones a su iglesia para edificarla.

–El don de profecía ¿es uno de estos dones? –preguntó un profesor de la escuela primaria de la comunidad.

–Sí. La Biblia enseña que el espíritu de profecía es una de las características de la iglesia en los días finales.

–¿Dónde dice eso?

–Aquí, en Apocalipsis: “Entonces el dragón se enfureció contra la mujer, y se fue a hacer guerra contra el resto de sus descendientes, los cuales obedecen los mandamientos de Dios y se mantienen fieles al testimonio de Jesús” (Apocalipsis 12:17). El dragón es el diablo, por lo que dice Apocalipsis 12, versículo 9. Y la mujer es el símbolo de la ­iglesia, según estudiamos en Génesis capítulo 3, versículo 15. El ene­migo ­intenta destruir a la iglesia, pero ella conserva el testimonio de Jesús.

–Está bien. Pero allí no menciona el espíritu de profecía.

–Tienes razón, aquí se habla del “testimonio de Jesús”. Pero, mira lo que dice San Juan: “Me postré a sus pies para adorarlo. Pero él me dijo: ‘¡No, cuidado! Soy un siervo como tú y como tus hermanos que se mantienen fieles al testimonio de Jesús. ¡Adora sólo a Dios! El testimonio de Jesús es el espíritu que inspira la profecía’ ” (Apocalipsis 19:10).

–Pero ¿qué es el espíritu de profecía?

–El espíritu de profecía es el don de profecía manifestado en la iglesia de Dios. De acuerdo con esa declaración, puede haber personas que reciban el don de profecía en nuestros días.

–¿Puede haber?

–Sí, puede haber. Pero esa persona que recibe ese don no es un profeta que anuncia, necesariamente, cosas futuras. Para entender eso, necesitamos pensar en Juan el Bautista. La Biblia dice, en relación con él, lo siguiente: “Y tú, hijito mío, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor para prepararle el camino” (S. Lucas 1:76).

–¿Juan el Bautista era profeta?

–Sí. Él había recibido el don de profecía. Además de eso, Jesús dice que, de todos los nacidos de mujer, ningún otro profeta se levantó mayor que Juan. Eso quiere decir que Jesús compara a Juan con Isaías, Jeremías, Ezequiel y otros profetas, y dice que ninguno de ellos fue tan grande como Juan.

–Pero Juan no escribió ni un solo libro, ni un solo capítulo de la Biblia –afirmó un joven rubio, siempre atento a las explicaciones, quien después miró a los otros con timidez y preguntó–; ¿quiere decir que para ser profeta no es necesario predecir cosas futuras?

–No necesariamente. Y hay más. La palabra hebrea traducida como profeta, en el Antiguo Testamento, es la palabra nabi, que literalmente significa “alguien que es llamado por Dios para una misión especial”.

–¿Qué misión?

–La misión de hablar en el nombre de Dios. El trabajo del profeta consiste en enseñar, advertir, amonestar y anunciar eventos posteriores. Tiene que ver, por lo tanto, con el pasado, el presente y el futuro. No siempre esas tres cosas aparecen juntas en un mismo ministerio profético. Puede ser apenas una de ellas, o todas juntas. No hay diferencia.

“¡Qué interesante!”, pensó Sandra en su corazón.

–Ese concepto queda más claro al analizar la palabra griega que se usa en el Nuevo Testamento para referirse a profeta. La palabra es profetés, que tiene dos raíces: la preposición pro, que significa “por”, y el verbo phemi, que significa “hablar”. La traducción literal de esa palabra es “hablar por” o, dicho de otra manera, “hablar en nombre de”. El profeta habla en nombre de Dios.

–¿Puedes darnos un ejemplo de lo que estás diciendo? –preguntó Sandra.

–Claro que sí. Pensemos en el llamado de Moisés para sacar al pueblo de Israel de Egipto. La historia está en el libro de Éxodo, en el capítulo 4. Moisés dice que era un hombre pesado de lengua y que tenía miedo de hablar. Entonces Dios le dijo que enviaría a Aarón con él para que fuese su voz. “Tú hablarás con él y le pondrás las palabras en la boca; yo los ayudaré a hablar, a ti y a él, y les enseñaré lo que tienen que hacer. Él hablará por ti al pueblo, como si tú mismo le hablaras, y tú le hablarás a él por mí, como si le hablara yo mismo” (Éxodo 4:15, 16). En otras palabras, mientras Moisés era el profeta de Dios, Aarón sería el profeta de Moisés. Ese es el sentido bíblico para profeta. El trabajo principal del profeta no es predecir el futuro, sino guiar, enseñar y aconsejar al pueblo de Dios.

–¿Quiere decir que hoy también existen profetas? –preguntó Sandra.

Gerardo la miró. Se sacó los lentes de lectura que usaba y le respondió:

–Sí. Y su función no es necesariamente anunciar eventos futuros. Mira lo que afirma este versículo: “Queridos hermanos, no crean a cualquiera que pretenda estar inspirado por el Espíritu, sino sométanlo a prueba para ver si es de Dios, porque han salido por el mundo muchos falsos profetas” (1 S. Juan 4:1). Aquí dice que pueden existir muchos falsos profetas. Es decir, si existen falsos profetas, es porque existe –por lo menos– uno que es un profeta verdadero.

–Y ¿cómo podemos identificar al profeta verdadero? –preguntó el joven rubio.

–Las propias Escrituras presentan las características del profeta auténtico.

–¿Cuáles son?

–La primera es la siguiente: “En esto pueden discernir quién tiene el Espíritu de Dios: todo profeta que reconoce que Jesucristo ha venido en cuerpo humano, es de Dios” (1 S. Juan 4:2).

–¿Qué significa eso?

–San Juan afirma que una de las características del profeta verdadero es su mensaje.

–¿Existe alguien que piense que Cristo no es Dios? –preguntó Sandra.

–Por increíble que parezca, sí. Pero en estos estudios ya vimos que “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir. […] Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (S. Juan 1:1-3, 14).

–Entonces, si una persona dice ser un profeta, pero no enseña que Jesús es Dios encarnado, ¿eso es una evidencia de que no es verdadero?

–Eso mismo. Pero, esa no es la única prueba. Existe otra más. “Cuídense de los falsos profetas. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los cardos? Del mismo modo, todo árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo da fruto malo” (S. Mateo 7:15-17).

–¿Frutos?

–Sí, frutos. Es decir, ¿cuáles son los resultados de la obra de ese pretendido profeta? Por donde él pasa, ¿deja un mensaje de unidad y compromiso con Cristo, con la iglesia y con la misión? ¿O después de que él pasa y se va queda una iglesia desunida, revolucionada y llena de espíritu de crítica? Si el profeta es verdadero, sus frutos serán buenos; de lo contrario, aquella persona no fue enviada por Dios.

El grupo permanecía atento a las explicaciones de Gerardo. El líder leía la Biblia para apoyar sus declaraciones. A él le gustaba afirmar que la Biblia se explica sola.

–Observen una característica más del profeta verdadero. Lean conmigo: “Yo les digo: ¡Aténganse a la ley y al testimonio! Para quienes no se atengan a esto, no habrá un amanecer” (Isaías 8:20).

–¿De qué ley habla Isaías?

–La ley, en aquellos tiempos, se refería la Torá, es decir, los primeros cinco libros de la Biblia. Trayendo la idea a nuestros días, ese versículo dice que una de las características del profeta verdadero es presentar sus enseñanzas de acuerdo con las afirmaciones de la Palabra de Dios. Ningún profeta verdadero puede contradecir lo que la Biblia enseña.

Sandra parecía satisfecha, pero preguntó:

–Y en el caso de que un profeta anuncie cosas venideras…

–Dejemos que Moisés responda. Él dice: “Por eso levantaré entre sus hermanos un profeta como tú; pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande. Si alguien no presta oídos a las palabras que el profeta proclame en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas. Pero el profeta que se atreva a hablar en mi nombre y diga algo que yo no le haya mandado decir, morirá. La misma suerte correrá el profeta que hable en nombre de otros dioses. Tal vez te preguntes: ‘¿Cómo podré reconocer un mensaje que no provenga del Señor?’ Si lo que el profeta proclame en nombre del Señor no se cumple ni se realiza, será señal de que su mensaje no proviene del Señor. Ese profeta habrá hablado con presunción. No le temas” (Deuteronomio 18:18-22).

–Si el cumplimiento de las profecías es una característica del profeta verdadero, ¿podría Nostradamus ser uno de ellos? –preguntó el profesor de la escuela primaria de la comunidad.

–Si fuese la única característica, podría hasta llegar a serlo. Pero ¿y las otras? Te daré un ejemplo. Una de las características del ser humano es tener pies. Una mesa ¿puede ser considerada un ser humano por el hecho de que tiene “pies”?

Todos se rieron con el ejemplo cómico. Gerardo tenía la capacidad de hacer fáciles las cosas que aparentemente eran complicadas. Pero, Sandra deseaba saber más y le preguntó:

–Un profeta necesita ser una persona perfecta, ¿verdad?

–Consideremos la vida de algunos profetas. El primer profeta que la Biblia menciona es Abraham. Él era un patriarca, el guía espiritual de su familia y de su pueblo. Abraham llegó, un día, a la tierra de ­Guerar, y Abimélec, el rey de aquella tierra, viendo que Sara –la esposa de Abraham– era bonita, quiso tomarla como esposa. El patriarca, por miedo a ser expulsado de aquella tierra, dijo que Sara era su hermana.

–¡Qué mentira! –dijo Sandra, llevándose la mano a la boca.

–Efectivamente. Abraham estaba mintiendo, y casi llevó a que Abimélec y Sara pecaran. Sin embargo, esa noche Dios se presentó delante del rey y le dijo: “Ahora devuelve esa mujer a su esposo, porque él es profeta y va a interceder por ti para que vivas. Si no lo haces, ten por seguro que morirás junto con todos los tuyos” (Génesis 20:7).

–¿Quiere decir que Abraham era un profeta?

–Exacto. Esa es la primera vez que se menciona un profeta en la Biblia. Y él aparece aquí en una situación deprimente, mintiendo y casi llevando a su esposa a pecar con el rey. A pesar de eso, Dios lo llama profeta. La lección que aprendemos de ese incidente es que, a pesar de los errores y las fallas humanas, una persona llamada por Dios puede ser un profeta.

–Entonces, Abraham no era perfecto…

–No. Un profeta bíblico no es alguien inmune a las equivocaciones. Él solamente cree en Dios y depende de él para caminar en la vida espiritual.

–Yo escuché decir que Moisés fue el primer profeta de la Biblia –señaló una señora de lentes, muy concentrada en todo lo que se estaba enseñando.

–Moisés fue el primer profeta de Israel –le respondió Gerardo–. La Biblia dice: “Desde entonces no volvió a surgir en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor tenía trato directo” (Deuteronomio 34:10). Ese versículo define la experiencia espiritual de ese hombre. Moisés siempre buscó a Dios. En las horas más difíciles, buscó la sabiduría del Señor. Y Dios nunca le falló. Pero, eso no significa que él no tuviera momentos difíciles. Era humano y, a pesar de la extraordinaria experiencia que tenía con Dios, su naturaleza pecaminosa lo sorprendía a veces.

–Pero hubo muchos otros profetas –afirmó Sandra.

–Claro que los hubo. Después de la muerte de Moisés, Dios dirigió a su pueblo por intermedio del ministerio de varios profetas. Esos hombres venían de los lugares más increíbles y con formaciones completamente diferentes. Entre ellos había sacerdotes, como Ezequiel y Jeremías; Isaías y Sofonías tenían sangre real; Samuel era un juez; Daniel, primer ministro de Babilonia. Oseas era un campesino.

–Extraordinario.

–Algunos de ellos escribieron libros; otros anunciaron eventos futuros, predicaron, aconsejaron a reyes y condenaron a pecadores. Todos ellos cumplieron la misión de ser mensajeros y guías del pueblo de Dios. Hombres santos, en el sentido de que buscaban una experiencia de comunión con Dios; pero, al mismo tiempo, humanos como cualquiera de nosotros.

–Yo siempre creí que un profeta tenía que ser inmune a los errores y las faltas.

–Muchos creen de esa manera, pero la Biblia no enseña eso. De Elías, por ejemplo, el apóstol Santiago dice: “Elías era un hombre con debilidades como las nuestras. Con fervor oró que no lloviera, y no llovió sobre la tierra durante tres años y medio. Volvió a orar, y el cielo dio su lluvia y la tierra produjo sus frutos” (Santiago 5:17, 18). Es decir, los profetas eran hombres consagrados a Dios; sin embargo, continuaban siendo seres humanos.

–Y ¿nunca hubo profetas mujeres? –preguntó Sandra.

–Claro que las hubo. Voy a mencionar a tres de ellas. La primera, Miriam (María). La Biblia la presenta de la siguiente manera: “Entonces Miriam la profetisa, hermana de Aarón, tomó una pandereta, y mientras todas las mujeres la seguían danzando y tocando panderetas, Miriam les cantaba así: Canten al Señor, que se ha coronado de triunfo arrojando al mar caballos y jinetes” (Éxodo 15:20, 21). Por el contexto histórico, entendemos que ella era la líder entre las mujeres de su tiempo y dirigía el coro de las mujeres, pero –desgraciadamente– en su vida hay un incidente triste. Ella tuvo celos de su hermano Moisés: María lo criticó injustamente y, como consecuencia, quedó leprosa. Ella se arrepintió, fue perdonada y curada, y se transformó en una mujer valiosa para Israel.

–¿Quién es la segunda mujer?

–Débora. La Biblia relata lo siguiente: “En aquel tiempo gobernaba a Israel una profetisa llamada Débora, que era esposa de Lapidot. Ella tenía su tribunal bajo la Palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la región montañosa de Efraín, y los israelitas acudían a ella para resolver sus disputas” (Jueces 4:4, 5). Débora fue una jueza con autoridad política y espiritual en un tiempo en el que eso no era muy común. El tiempo de los jueces era una época de decadencia espiritual. Cuán bueno es saber que, en medio de una crisis de liderazgo, Dios levantó a una mujer para que guiara al pueblo de Israel.

–¿Y la otra?

–Hulda, consejera del rey Josías. Un hecho interesante es que mientras Hulda desarrollaba su ministerio, los profetas Jeremías y Sofonías todavía vivían, y –a pesar de eso– Josías prefirió consultar a Hulda. Sin duda, el rey respetaba mucho el ministerio profético de esa mujer.

–¿Es verdad que la Iglesia Adventista del Séptimo Día también tiene una mujer como profetisa?

–Muchas gracias por hacerme esa pregunta. Existen muchas personas que confunden el lugar de Elena G. de White dentro de la Iglesia Adventista. Ella nació en Gorham, Estado de Maine, en los Estados Unidos, el 26 de noviembre de 1827. Ella y su hermana gemela eran las más pequeñas de una familia de ocho hijos. Su educación formal fue interrumpida cuando tenía, apenas, nueve años, por causa de un accidente que casi le costó la vida.

–Pero ella ¿fue profetisa o no?

–Nosotros creemos que ella fue una mujer inspirada. Todas las pruebas bíblicas de un profeta auténtico le fueron aplicadas a ella. Podemos, entonces, afirmar que ella fue una mujer elegida por Dios para aconsejar a su iglesia.

–Pero, yo escuché decir que los adventistas son seguidores de ella.

–La Iglesia Adventista del Séptimo Día sigue el principio de la “Sola Escritura”; es decir, nosotros seguimos la Biblia, y solamente la Biblia. Ninguna doctrina adventista fue sacada de los escritos de Elena de White. Si ella no hubiera existido, la iglesia tendría las mismas 28 creencias fundamentales que actualmente tiene.

–Pero, entonces, ¿qué nos puede decir con respecto a ella?

–Durante setenta años, ella presentó mensajes que Dios le confió. Jamás fue elegida para ninguna función administrativa, pero los líderes siempre prestaron atención a sus consejos. Sus mensajes tuvieron como resultado el amplio sistema educacional y médico de la iglesia. Aunque nunca hizo ningún curso en el área de la salud, los resultados de su ministerio son notables en la red de hospitales adventistas en todo el mundo.

–¿Y sus libros?

–Ella fue una gran escritora. Desde 1851, cuando publicó su primer libro, produjo una enorme cantidad de artículos, folletos y libros. Algunos son de naturaleza devocional, mientas otros fueron compuestos a partir de cartas personales que ella escribió a lo largo de los años. Algunos libros tienen una perspectiva histórica y tratan del conflicto entre Cristo y Satanás por el control de las naciones y de los individuos. Ella también escribió sobre educación, salud, y otros asuntos de importancia para la iglesia y para la sociedad. Después de su muerte, que ocurrió en 1915, fueron compilados y publicados más de setenta libros. Su libro El camino a Cristo fue traducido a 150 idiomas, lo que la transforma en la escritora más traducida.

–Pero, ella ¿fue o no fue una profetisa?

–Ella lo fue, en el sentido bíblico de un profeta. Fue una mensajera de Dios. Todas sus enseñanzas están de acuerdo con la Palabra de Dios. Ella no sacó ni agregó nada de las Sagradas Escrituras.

La hora había avanzado bastante cuando el grupo oró, y cada uno volvió a su casa. Sandra caminó en silencio, pensando en todo lo que había escuchado. Entró en el dormitorio y se dirigió a la mesita de luz, donde guardaba un libro llamado El ministerio de curación. Ella miró la tapa y se sonrió: la autora era Elena de White. Abrió el libro con cuidado y leyó el siguiente párrafo: “No porque lo hayamos amado primero nos amó Cristo a nosotros; sino que ‘siendo aún pecadores’, él murió por nosotros. No nos trata conforme a nuestros méritos. Por más que nuestros pecados hayan merecido condenación, no nos condena. Año tras año ha soportado nuestra flaqueza e ignorancia, nuestra ingratitud y malignidad. A pesar de nuestros extravíos, de la dureza de nuestro corazón, de nuestro descuido de su Santa Palabra, nos alarga aún la mano. La gracia es un atributo de Dios puesto al servicio de los seres humanos indignos. Nosotros no la buscamos, sino que fue enviada en busca nuestra. Dios se complace en concedernos su gracia, no porque seamos dignos de ella, sino porque somos rematadamente indignos. Lo único que nos da derecho a ella es nuestra gran necesidad. Por medio de Jesucristo, el Señor Dios tiende siempre su mano en señal de invitación a los pecadores y caídos. A todos los quiere recibir. A todos les da la bienvenida. Se gloría en perdonar a los mayores pecadores. Arrebatará la presa al poderoso, libertará al cautivo, sacará el tizón del fuego. Extenderá la cadena de oro de su gracia hasta las simas más hondas de la miseria humana, y elevará al alma más envilecida por el pecado” (El ministerio de curación [Buenos Aires: ACES, 1990], p. 119).

Sandra se conmovió. Aquel párrafo era inspirado por Dios y la hacía sentir segura. Ella había llegado a aquella ciudad del interior huyendo de un incidente doloroso, pero en esa comunidad había encontrado el amor consolador de Dios.

Sandra descubrió la única esperanza.

Esperanza de consejo

Todavía hoy podemos conocer las orientaciones de Dios para nuestra vida.

Aprende cómo identificar a un verdadero profeta elegido por Dios.

  1. 1 Dios reveló sus “secretos” a sus siervos, los profetas. Amós 3:7
  2. 2 Jesús nos alertó sobre los falsos profetas. S. Mateo 7:15; 24:11
  3. 3 El verdadero don de profecía acompañará al pueblo de Dios en el tiempo del fin. Apocalipsis 12:17; 19:10
  4. 4 El contenido de las profecías necesita ser evaluado por la Palabra de Dios. 1 S. Juan 4:1
  5. 5 El mensaje del profeta auténtico no contradice las Sagradas Escrituras. Jeremías 28:1-9, 15-17
  6. 6 El verdadero profeta acepta y enseña la encarnación de Jesús. 1 S. Juan 4:2
  7. 7 El profeta de Dios produce buenos frutos. S. Mateo 7:15-23
  8. 8 El profeta verdadero vive de acuerdo con la Biblia y la Ley de Dios. Isaías 8:19, 20
  9. 9 Las profecías del profeta verdadero deben cumplirse. Deuteronomio 18:21, 22
  10. 10 Dios nos invita a seguir las orientaciones de los profetas. Proverbios 29:18; 2 Crónicas 20:20